Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Juventud, cultura y Revolución

Autor:

Armando Hart Dávalos

Julio Antonio Mella, patriota y adalid de la juventud cubana, desde los años 20 del pasado siglo llamaba a que descubriéramos «el misterio del programa ultra-democrático de José Martí». Hoy, a más de cien años de distancia, estamos mejor preparados para promover, en especial en las nuevas generaciones, estudiar, investigar y llegar a conclusiones acerca de ese gran misterio de Cuba que es, en definitiva, el misterio de Martí.

Los cubanos tenemos el deber con América y el mundo de mostrar con mayor precisión quién fue José Martí, el más profundo y universal pensador de la América española. Porque cada día se hace más necesario conocer cabalmente quién fue aquel hombre al que Rubén Darío llamó Maestro, precursor del modernismo en la poesía, considerado entre los mejores prosistas de habla castellana de su época, ensayista capaz de abordar, destacar e identificar todo lo nuevo que se revela en la ciencia y la cultura de su tiempo, avanzadísimo crítico de arte y, en primer lugar, organizador del Partido Revolucionario Cubano y de la última guerra de liberación de Cuba.

El ideario que el joven Martí heredó de los forjadores Félix Varela y José de la Luz y Caballero, unido a la vasta cultura que alcanzó, le llevaron a desarrollar y enriquecer las ideas políticas y culturales más avanzadas de su tiempo. De su periplo por el mundo dejó inigualable testimonio en su obra periodística, su poesía, su narrativa y, sobre todo, en los certeros análisis de su prosa ensayística, enjundiosa e iluminadora.

Cuando Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, se alza en La Demajagua el 10 de octubre de 1868 contra el poder colonial español, tenía Martí escasos 16 años, y escribe unos versos memorables, nacidos de una altísima sensibilidad cultural y amor a la libertad.

Al recordarse el enunciado «Patria es humanidad», cabría decir que Martí hacía política para la humanidad. La hacía, con claridad de su sentido universal, exquisitez en los métodos, firmeza indeclinable en los fines, previsión extraordinariamente realista acerca de los peligros y limitaciones, y con pasión resuelta, serena y heroica por superarlos. Esta originalísima combinación de elementos en una mentalidad privilegiada, con una personalidad atrayente y sugestiva, lo convierte en el único cubano capaz de agrupar y fundir en un solo movimiento, resumir en un solo partido y concretar en un solo ejército todo el esfuerzo del pueblo cubano por su independencia.

Nadie ha escrito con mayor profundidad acerca de la historia de los Estados Unidos, sus costumbres, sus virtudes y sus defectos, como lo hizo José Martí.

La clave de su vida como revolucionario y como pensador la podemos encontrar en que en su carácter y en su mente logró articular ciencia, conciencia y al hombre de acción. Y lo hizo a partir de su ética, porque Martí era un hombre medularmente ético.

La dignidad de su conducta se entiende cuando se toma en cuenta que no era un guerrero, pero a su vez tenía conciencia de que la guerra constituía una necesidad objetiva para la independencia de Cuba, y comprendía que debía enseñar con el ejemplo. Ahí está la raíz de la tragedia de su caída en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, a poco tiempo de iniciada la guerra que él preparó y convocó. En ello está la esencia de su virtud educativa, y la prueba definitiva de la consecuencia de su vida.

Martí recogió, en gran parte de sus sentimientos e ideas, lo mejor de esa tradición cultural de origen hispánico, la reelaboró, le dio su carácter americano y amplió su universalidad. Un aspecto esencial de la cultura de nuestra América es, precisamente, su universalidad.

Nosotros estábamos fuertemente influidos por las ideas del Maestro no solo cuando nos enseñó que «Patria es Humanidad», sino también cuando postuló: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas». Esas ideas, aprendidas en la escuela cubana, fomentaron en nosotros un arraigado sentimiento y una vocación de universalidad. Nosotros no hemos tenido nunca un sentimiento de fronteras estrechas.

Esos sentimientos estaban en nuestro corazón y en el de muchos jóvenes cubanos. Antes de ser socialistas, antes de saber que Marx era un gigante, muchos jóvenes cubanos admirábamos las luchas del pueblo argelino por su liberación; admirábamos las luchas del pueblo de Puerto Rico; admirábamos las luchas contra la dictadura de Somoza, contra la dictadura de Pérez Jiménez, y en general la lucha contra todas las dictaduras latinoamericanas. Después, nos hicimos marxistas y reafirmamos esos principios. No fue el marxismo el que nos llevó al internacionalismo; fueron precisamente aquellos sentimientos solidarios e internacionalistas los que nos llevaron al pensamiento de Marx y Engels.

Los vínculos de nuestro pueblo con América Latina y el mundo sólo se podrán garantizar culturalmente sobre el fundamento de las ideas de lo que representa dignamente nuestro Apóstol. Y es precisamente sobre el fundamento de las ideas y de la cultura forjada en dos siglos de historia, de la cual Martí es su más alto exponente, que se han ido estructurando la mejor política y la cultura cubanas durante el siglo XX, y también será así en el presente siglo XXI.

Pueden citarse ejemplos prácticos:

La creación de instituciones culturales como el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y la Casa de las Américas —fundadas por la Revolución tras el triunfo de 1959—, fueron expresión precursora de que a partir de esos momentos existirían formas de desarrollar esas relaciones históricas y canalizarlas sostenidamente.

Medio siglo de trabajo incesante, venciendo todos los bloqueos y obstáculos —donde actuó sin cesar la labor de zapa del enemigo imperialista en el campo cultural—, convirtieron al ICAIC y la Casa de las Américas en lo que son hoy: baluartes latinoamericanos y caribeños de identidad y universalidad, creación fecunda y plena.

Hace falta la luz de la cultura, de nuestra tradición, de nuestra historia latinoamericana y caribeña, para iluminarnos el camino. Hagamos un alto, dejemos al lado diferencias ideológicas que puedan separarnos y pensemos en todos los elementos de identidad y de cultura que tenemos y pueden unirnos.

Las mejores ideas y los mejores esquemas serán aquellos que nos permitan enfrentar, en la América Latina y el Caribe, el presente y el futuro de forma unida. No hay para nuestros pueblos otra solución que la unidad.

Para recorrer este camino orientémonos por José Martí cuando dijo: «Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos».

Ante la crisis universal, Martí se presenta como el paradigma que puede ayudarnos a encontrar los caminos hacia el futuro. Hoy, cuando están en marcha en América Latina distintos procesos revolucionarios y de profundo contenido popular, podemos encontrar las formas correctas de hacer política y de expandir culturas fundamentadas en la tradición latinoamericana y en las ideas de José Martí que procuran el logro de aspiraciones radicales a la igualdad y justicia social, y al mismo tiempo unir el mayor número de fuerzas posible para alcanzar esos objetivos, es decir, «Con todos, y para el bien de todos».

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