A lo subjetivo

Autor:

Juventud Rebelde

Quizá a usted como a mí le acompañe la recurrente tentación de hurgar en los valores esenciales que moldean el comportamiento de muchas personas. Tal vez porque no siempre encontramos una explicación lógica y mucho menos la correspondencia justa entre el decir y el hacer de aquellos llamados a conducir la barca que surca el mar del día a día.

A decir verdad no se trata del deseo vano de incursionar en los recovecos de nuestro efímero paso por la tierra, sino la necesidad de evocar, en mínima reseña, cómo la acción de una persona, dígase cuadro administrativo o político, puede hacer las veces de brújula en el camino de otros, entiéndase subordinados, levantando lo legislado como argumento inamovible para hacer cumplir su voluntad personal, en no pocas ocasiones rociada con la subjetividad.

Digamos que es en la base, en el centro de trabajo o de estudio donde con más frecuencia se manifiesta este fenómeno y es que, precisamente, es el escenario donde se propende a copiar fórmulas al pie de la letra sin hacer el más pequeño esfuerzo, ya sea por conveniencia o por incapacidad objetiva para asumirlas, adecuarlas o atemperarlas al medio circundante y convertirlas en funcionales, que ha de ser su objetivo cardinal.

Es claro que la disciplina debe primar en cada acto y en el quehacer cotidiano. Sin ella el futuro individual y colectivo estaría comprometido y en este aspecto insisten los máximos dirigentes de la Revolución en cada una de sus intervenciones. Asumo que ella no ha de lograrse con imposiciones ni amenazas, autoritarismo o prepotencia; por el contrario, mediante el diálogo, la consulta y la medida racional.

Todos hemos sido testigos o víctimas, en mayor o menor medida, de los arbitrios de aquellos que llevan bajo el brazo una varita cuya medida no es igual para todos.

Por alguna razón, y sin proponérselo, usted puede convertirse en una piedra en el zapato de algunas de estas personas, que a falta de argumentos contundentes para echarlo fuera de su camino estiran el brazo y, con ademán resuelto, te muestran lo que recoge este o aquel documento, cuyo contenido en otras circunstancias se hace flexible y hasta invisible por obra y gracia de la amistad y el sociolismo.

Las leyes se cumplen, no se discuten, es una expresión muy a mano ante la opinión encontrada de algunas personas frente a determinadas orientaciones emitidas, y en eso discrepo. Tal vez porque tomo muy en cuenta la capacidad de análisis de quienes estamos llamados a cumplirlas y en especial por la condición dialéctica de la vida que permite la reinterpretación objetiva en pos de la justeza, sin que por ello se incurra en acciones incorrectas.

Es, hoy por hoy, la aplicación de fórmulas rígidas y generales lo que lastra y malogra iniciativas creadoras y puntos de vista renovadores e inteligentes, cuya esencia es muy a menudo tildada de subversiva y puesta de hecho en la picota pública sin dar tiempo al análisis pausado, reposado y capaz.

Vivimos coyunturas difíciles y es precisamente ahora cuando se impone tomar medidas que se correspondan con el comportamiento real y tangible a todos los niveles. No se ha de dejar espacio para el actuar solapado o disfrazado bajo un ropaje que esconda sentimientos como la hipocresía o el desquite.

A muchos de los que disponen de este instrumento, bien les valdría despojarse de juicios ligeros y argumentos manidos, que exponen intenciones que nada tienen que ver con la honestidad y sí con la prepotencia y el creerse invulnerables.

El llamado más reciente es a desterrar las posturas extremas en aras de dar paso a la franqueza y al criterio colectivo, ese que muchas veces se obvia en aras de abreviar la toma de decisiones unilaterales que solo conducen al juicio negativo y hasta al cuestionamiento de la honestidad de quien o quienes las practican.

Eso aparece en un documento, no soy yo el que toma la decisión... Estas acotaciones son muy socorridas cuando faltan elementos que validen una decisión trascendente para el implicado. Hasta hoy ellas constituyen obstáculos suficientemente fuertes como para hacer las veces de telaraña en la que irremediablemente el individuo quedará atrapado, y sin palabras que contrarresten la fuerza de esa ley llevada al extremo para hacerle «entender» que se ha dicho la última palabra.

No creo que actos solapados e injustos, ligeros y oportunistas tengan cabida por mucho tiempo en nuestra sociedad. Mas, no es porque la verdad y la justeza se impongan por sí solas. Es necesario que estos valores cuenten con aliados capaces de redimir con el ejemplo, la fuerza moral y el conocimiento a los que, por diversas razones, quedan a merced de una decisión a lo subjetivo.

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