Veterano de guerra

Autor:

José Aurelio Paz

Ya nadie habla de él. Nadie lo menciona. Los pocos héroes de su tipo que todavía dan tángana por ahí, como sobrevivientes y achacosos mutilados, sufren del olvido, cuando, para hacer justicia, merecen una condecoración al valor y a la constancia.

Llegó un día a casa como ese agradable intruso, forastero que viene a quedarse a vivir con la familia. Se adaptó pronto al medio. Incluso, tuvo que modificar su lenguaje. En lugar del acostumbrado ¡Drasbuitie, tabárichi!, debió aprender a decir: «¡Buenos días, este es un amanecer cubano!».

Lo que comenzó siendo un episodio aislado, terminó como versión criolla de La Guerra de los Mundos, de Wells. Se trataba de una invasión de marcianos negros y cuadrados, feos en apariencia, pero fraternos y cálidos como el que más, dispuestos a resistir una tercera conflagración mundial.

Su protagonismo no tuvo límites. El tipo fue tremendo fiestero. Animó más de una fiesta de Quince. Caballeroso, contaba novelas a las muchachas y las enchufaba a soñar, allá por la década de los ’80, conocida como la Era del Chícharo. Casi un dirigente sindical, animó matutinos, lo mismo en una fábrica que junto a un batallón cañero. Maestro en apreciación musical no faltaba a clases con los pequeños, tampoco a una guardia cederista o una ronda nocturna por cuidar los bienes de una empresa.

¡Qué larga biografía! ¡Qué compañero tan locuaz trepado a cualquier camión para despabilar al chofer, en las horas de sueño, mientras este tiraba caña al central! Animador social, agitador político, educador de los más humildes y encumbrados, de los «aseres» del barrio y los profesionales, difusor del histórico debate entre lo culto y lo popular, promocionando a Chencha la gambá y a Ester Borja, a El buey cansa’o, de Formell, y el aria número 4 de Puccini. Un tipo, de verdad, chévere y alegre, que lo mismo compartía sus horas con Los Compadres que con El Guayabero, Frank Fernández, José María Vitier... Todo un —¿cómo lo llamaríamos hoy?— promotor cultural natural.

Tampoco escapó a la emoción del deporte. El INDER debiera reconocerle, además, por tanto juego narrado, tanta perreta entre Héctor Rodríguez y Eddy Martin por defender su equipo de preferencia, tanta carrera impulsada cuando, desde su metálica alma, gritaba: «¡Jonróooonnnn de Kindelán!»

En fin, no quiero dilatar más el asunto. Solo hacer justicia e ir, como el programa televisivo de Raquelita, Contra el olvido. No exagero si digo que merece el título de miembro, por adopción, de la familia cubana; hijo ilustre de esta tierra que hizo suya en tiempos más difíciles, cuando los mp-3, el Iphone de última generación y la plaga, casi bíblica, de los celulares no nos cegaban el alma y los bolsillos, y éramos felices vestidos en comparsa con la marca «to’os tenemos», con aquellas coloridas y duraderas camisitas «Yumurí»... y sus hermanas, que muchos añoramos.

Digo más. El VEF requiere un monumento en la más humilde plaza, un minuto de silencio, una artillería de salvas —y los viejos me darán la razón, mientras los jóvenes no sabrán de qué les hablo. ¡Ah, ese noble radio ruso! El mismo que se aplatanó, entre nosotros, para enseñar a querernos como cubanos, de verdad, cuando todavía no existían esas llamadas «tecnologías de punta» que, como las actitudes humanas, no siempre garantizan la fidelidad del sonido común, ni la afinación exacta de los corazones.

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