Evo

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo
Gracias. Esa era la palabra que le salía en la voz y en los gestos mientras todos apretábamos los aplausos. Y no parecía, como en tantos actos oficiales, vocablo dictado por el protocolo, la educación palaciega o la hipocresía al uso; sino la gratitud hondísima de quien no sabe mentir.

«Ama sua (no seas ladrón), ama quella (no seas flojo) y ama hulla (no seas mentiroso)». He ahí los pilares por los que la etnia aymara educa a sus hijos. Tal vez por ellos, y por las tantas peleas de una vida rebelde, este Presidente entraba al alto recinto universitario como pidiendo disculpas para no ofender con su autoridad.

Al recuerdo de los presentes podía acudir el luchador sindicalista, el batallador que ha contado sus experiencias en los foros sociales, el líder de los cocaleros. Pero la imagen que definitivamente se instauraba en las retinas al verlo tan cerca era la del hombre bueno y llano, poseído por la nobleza originaria que le dicta la Pachamama o Madre Tierra.

Con el atuendo típico hecho por manos bolivianas, dueño de una serenidad ancestral y con los ojos brillantes, impartió una conferencia, por sencilla, magistral.

Evo no ha perdido los gestos callados de quien sirve. Porque servir, ya se sabe, debería ser la forma constante de mandar.

Oyéndolo recorrimos nuevamente «las venas abiertas de América Latina». Las grandes rebeliones contra la corona española, los virreinatos, el dolor de tributos, diezmos, impuestos, mordidas de la codicia, por las que han sangrado los pueblos del continente. El tiempo ya ido, pero aún amenazante, en el que los seres primigenios tuvieron que darse en carne de agonía.

También la represión, el cuero y la bala para los rebeldes; el duro sol del trabajo: «cinco días para el dueño y dos para la familia».

La plaga feroz de las desuniones, sembradas como hierba mala entre pueblos hermanos. Y la infamia, que ha llamado narcotraficantes o terroristas a quienes luchan por una cultura de la paz.

Todavía los oligarcas no aceptan que implantemos la igualdad, dijo. Y enumeró los intentos por separar a Bolivia, por descuartizar sus miembros, como hicieron con Tupac Catari, para que nunca más se pudieran unir las ideas y los brazos, los caminos y las piernas; las miradas y los horizontes de la justa libertad.

Evo conserva el asombro —sabio, que no ingenuo— de descubrir esencias de estadista en los elementales golpes de todos los días. «Siento que nuestra responsabilidad es combatir al capitalismo, ahora con sus nuevos instrumentos de saqueo», sentenció.

Y entre las angustias perennes se sintió tranquilo porque «este proceso en Bolivia es irreversible». No habrá —Constitución y pueblo mediante— más bases militares en el país andino. Se escucharán, allí donde nazcan, las propuestas de los ninguneados.

«Intentando ser Presidente». Así dijo el indio inmenso que ha estado durante estos tres años y medio, tiempo, para él, increíble pero cierto.

Estuve allí, y viéndole sentí que este hombre tiene la brújula de la bondad. Si alguna vez, al decir de Eduardo Galeano, de Bolivia sacaron tanta plata como para hacer un puente desde Potosí a España; el país indígena de hoy, a contracorriente de cizañas y granujas, tiene tanto amor como para asfaltar el océano que distancia los dos continentes.

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