No, jefe - Opinión

No, jefe

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Alquien filosofó que uno debe ponerse rojo una sola vez y no rosadito todos los días. Y apuntaba a la necesidad de ser sincero y arrostrar el criterio propio con valentía y limpieza, aun cuando no fuera el predominante, o quebrara el consenso.

El asunto se las trae, porque la experiencia histórica de la Revolución, que en esencia ha sido un fenómeno liberador, complejizó las relaciones individuo-colectividad, y tergiversó en ciertos casos los principios de la democracia socialista, los cuales alimentan los Estatutos del Partido Comunista de Cuba y la Constitución de la República.

La praxis es muy fuerte, y la adecuación humana muchas veces desborda los límites virtuales de los principios. Lamentablemente, en tantos años de vida política en el país, y de tanto protagonismo popular, se ha falseado el sentido de la lealtad revolucionaria en no pocos sitios y momentos, reduciéndola a una obediencia ciega y sorda, al aplauso y la mímesis para ser aceptado. A la desproblematización y el escondrijo de la opinión personal. A la simulación y la doble moral.

He visto y vivido mucho, y ya vengo de retorno; pero nunca con el sabor de la decepción. Y porque creo en la nobleza del socialismo —aunque no en todos los que la proclaman, y hasta la vociferan— recuerdo ahora cómo se han abierto paso personajes que al final nos demuestran que no creen en él.

Siempre me remito, por su inmanencia en nuestra realidad, a aquella novela de un autor de la República Democrática Alemana, Las dos sillas vacías, que sin ser un dechado formal, nos estremeció con su historia: el alumno impecable y ascensional, aquel laboratorio aséptico del pensamiento socialista que nunca tuvo problemas ni contradicciones, terminó acomodado, desertando de su sociedad en una institución capitalista y blasfemando hasta por los codos. Y el rebelde y desgreñado, aquel que se aventuraba a decir lo que pensaba, con los años murió heroicamente defendiendo el suelo patrio en una misión militar arriesgada que nunca encontró antes en su vida estudiantil.

No quiero dar pelos y señales, pero muchos coincidirán en que el patrón para medir a «un buen muchacho», con altos valores políticos, ha sido muchas veces el alborozo por concordar, el desespero por complacer y adecuarse. Sobre todo porque quienes ven la devoción revolucionaria como una oportunidad y un escalón, enceguecen, ensordecen, aplauden y terminan cultivando la adiposis de la genuflexión. La única forma de traicionar no es yéndose, hay muchos extremistas y oportunistas que cercenaron la palabra ajena y andan «exiliados» y descreídos por nuestras calles.

La Revolución permanece, por encima de nuestras sinceridades o camuflajes; más allá de que alguien premie la adulonería como incondicionalidad, o condene al combativo como hereje. Lo que deberíamos aprovechar —más ahora— es la oportunidad de no seguir dándonos con la misma piedra; de buscar un cernidor que filtre mejor la honestidad y el compromiso. A fin de cuentas el amor y la militancia pasan por el criterio; a veces hasta por el conflicto. Como para decir en algún momento: «No, jefe; no estoy de acuerdo».

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