El miedo encapuchado

Autor:

Juventud Rebelde

Los gorilas que en la madrugada de este domingo secuestraron al presidente hondureño Manuel Zelaya ocultaban sus rostros. ¿Qué querrían dejar en lo oscuro? ¿Acaso el miedo o la ignorancia ante la barbaridad que estaban perpetrando, mientras se encomendaban a jefes que tampoco habían dado la cara?

Lo único que ha podido verse en otros rostros encapuchados y que han sido atrapados por las lentes para las imágenes televisivas, son los ojos. Miradas frescas, con brillo, de soldados casi adolescentes que lucen alertas, tensos, al acecho de un enemigo que no existe.

Con razón, temprano este domingo, el presidente venezolano Hugo Chávez había denunciado ante las cámaras de televisión, que quienes realmente han orquestado este episodio amargo están bien protegidos, en cualquier puesto de mando, mientras quienes van uniformados a las calles, enfrentando a sus propios hermanos de pueblo, son los soldados casi niños que en un nerviosismo mezclado con la ignorancia encañonan casi irreflexivamente a los suyos y abren las manos en súplica de calma.

La naturaleza criminal, aviesa de este golpe de estado que tantas veces América Latina ya sufrió, se delata hasta en ese enmascaramiento negro de los rostros. Honduras vive horas dramáticas: un grupo de ladrones encapuchados han entrado a los recintos más delicados de esa nación para arrebatar a un pueblo la esperanza de revertir en paz, con apego a la ley, decenas de años de pobreza.

Mas hay un detalle insoslayable: Honduras no está sola en su tragedia. Millones de rostros de la América Nuestra, sin máscara alguna, se unen a la batalla por restaurar la decencia allí donde, como tantas veces en el hilo de nuestro destino, ha sido vejada.

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