El tiempo perdido, sin Proust y a pleno día

Autor:

Julio Martínez Molina

«Tenemos garantizado el futuro de las reuniones», sentenció en plan de humorada, pero con un sentido parabólico claro, el personaje de Lindoro, director de la empresa, en el programa Deja que yo te cuente.

El sketch del Taller, ese miércoles, estuvo dedicado al tema reunionil, sobre el cual en Cuba podrían hacerse maestrías varias. Se bromeó incluso en el espacio con una compañera y su posible doctorado y redoctorado en actas.

Flor, Pillo y Maracas, los trabajadores del «Bartolete Pérez», junto al vecino Beruco, fueron convocados esta vez por Lindoro y La Llave para abordar un importante asunto: nada.

El segundo del jefe dormía, mientras este dialogaba sobre el tiempo, el calor, la novela. Recordemos que en ocasiones anteriores, le leía al plenario «poesía» de su cosecha; o sea, lo mismo.

Por supuesto que este es un espacio humorístico que juega con códigos donde la hipérbole y la caricatura ganan legitimidad a la hora de exponer una determinada situación de deformidad social.

Si bien en lo real el asunto no alcanza estos ribetes de absurdo, la de Deja que yo te cuente constituye una válida reflexión sobre el tiempo que malgastamos cada semana entre reuniones baladíes que son un mero reprise de la anterior.

A medida que me acerco a los 40, quiero y respeto más al tiempo, por lo cual deseo administrarlo de la mejor forma.

Por eso, imagino y me pongo en el lugar de quien me aventaja en edad y aun dispone de menos días de su vida para rendir un beneficio útil a la sociedad, pero es convocado una y otra vez a encuentros sin sentido, a los cuales solo asiste por mera cuestión de disciplina.

Hemingway hablaba de «la soledad de muerte que produce un día perdido». Se comprende mejor la expresión del escritor al situarse quien la lea en la perspectiva del intelectual, según la que minutos, horas, días son contabilizados y/o asociados a número de líneas, cuartillas, textos escritos.

Pero esto no va solo para escritores o artistas. Todo ser humano, labore en la rama que fuere, si es honesto intenta rendir utilidad desde el puesto que le corresponda.

En busca del tiempo perdido titulaba Marcel Proust su novela. El narrador francés no pudo conocer lo «real maravilloso» del entorno laboral cubano en lo concerniente al tema.

Tema que verdaderamente se convierte en fenómeno en las circunstancias actuales, por cuanto entorpece el desarrollo e impulso de metas económicas de vital significado para el futuro de la nación.

En La eterna reunión (16 de octubre de 2008), anterior comentario al respecto, establecí un paralelo entre la productividad asiática y la esporádica presencia de reuniones en dichos contextos.

No es que esté abogando aquí por su total eliminación, pues algunas de hecho devienen vitales en el avance de diversas esferas en la dinámica del país.

Sí, en cambio, va la cosa de emitir otro llamado de alerta a los directivos que proclaman múltiples encuentros a la menor razón, sin objetivo claro para la masa trabajadora.

Deja que yo te cuente se ha pronunciado en más de una ocasión sobre el asunto.

Pienso yo que habría que ponerse a escuchar lo que están diciendo estos humoristas cubanos preocupados por su realidad. El humor es infinito, dijo un gran escritor; también la capacidad humana para salir de los errores, enmendar entuertos y encontrar nuevos caminos.

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