Desmochadores de palabras - Opinión

Desmochadores de palabras

Autor:

Nelson García Santos

Sin devengar un centavito convirtieron su oficio en un verdadero arte. La mayoría no estudió en ninguna institución docente esa especialidad vital para la historia de las reuniones y las asambleas.

Escribo sobre determinados levantadores de actas, que en nada se parecen a los genuinos, esos que asumen su función con dignidad y exactitud.

Los que mal la ejercen devienen verdaderos maestros en el arte de trocar el lenguaje, siempre prestos a captar hasta el más mínimo detalle, sin inmutarse dígase lo que se diga.

Su desempeño eficaz pasa por tener buen oído, saber sintetizar, escribir rápido —tanto que algunos después no entienden nada de lo anotado— y, en especial, apreciar la cara que ponen sus jefes administrativos ante los planteamientos, a fin de saber qué tratamiento darles después. Generalmente son personas mansas en el hablar y extremistas en el desmoche gramatical, y nunca intervienen, al asumir que por su función no les compete opinar.

Les dieron, o se autoasignaron, cierta jerarquía que los sitúa en una posición cómoda, casi siempre más pegados a la tribuna que a las gradas. Hay quienes han hecho de ese oficio su incentivo para vivir, y resultan verdaderos genios en el instante de preparar el texto final, el que pondrán a consideración de sus jefes.

La ovación de los presentes premia la verdad cuando un empleado de una TRD planteó que todos los días se dejan encendidas numerosas lámparas, tras el cierre de la unidad, en pleno horario de verano en el que oscurece a las ocho y media. Calificó el hecho como un despilfarro y más aún, una burla al programa de ahorro de energía.

El levantador de actas traduce: se hizo un profundísimo análisis sobre el aprovechamiento eficiente de la electricidad, aspecto en el que valoraron muy positivamente la disminución lograda en el consumo, pero enfatizaron en la necesidad de concretar una mayor eficacia en el vital capítulo para lo cual, inclusive, acordaron solicitar el asesoramiento de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores.

Ahí está la minimización de los problemas. Las críticas las presentan casi como un fenómeno aislado de la realidad. Siempre tienen a mano vocablos para indicar la excepcionalidad, y los apuntalan con coletillas a las que apelan para enfatizar la dedicación y la entrega del aparato administrativo.

No solo se dedican a las actas, no, aplican el multioficio y muchos son verdaderos leones a la hora de confeccionar todo tipo de informes. Los hay tan famosos que, cuando alguien se entera de que son ellos los que están redactando el documento para la instancia superior, aseguran que no se irán en blanco. Y hasta de otros centros de trabajo piden su asesoramiento en tales menesteres.

Una vez llegó un director a determinada entidad, y luego de conocer que carecía de la condición de Vanguardia y de otros añorados galardones, sentenció: «Aquí lo que ha faltado es hacer un buen informe». Cuando se fue a dirigir otro centro, el mural exhibía numerosos méritos, entre ellos la condición de Vanguardia.

La gente estaba de lo más contenta, y comprendió de súbito la «importancia» de un informe, porque, más o menos, aquellos reconocimientos les llegaron haciendo lo mismo de siempre.

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