Otra muerte en Venecia

Autor:

Julio Martínez Molina

No, no voy a hablar aquí de una nueva versión de Muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann, ni del filme homónimo de Luchino Visconti.

Se trata de la Venecia actual, tan cercana como septiembre cuando, en medio de su Festival de Cine (uno de los tres más importantes del planeta y el más antiguo de todos) le entreguen un reconocimiento por «su huella y contribución a la pantalla» a Sylvester Stallone. ¡Se verán horrores!

Con esta decisión funesta y en contra de cualquier pronóstico, pese a recientes desaguisados, la Mostra se autoclava una estaca de plata en el corazón, por su vampírico servilismo a la industria yanqui.

Se sume en el descrédito una fiesta del cine dada por respetable pero que, de manera progresiva, ha ido arrimando el ascua a la sardina del mainstream USA (pensamientos, gustos o preferencias aceptados mayoritariamente en una sociedad. En arte designa los trabajos que cuentan con grandes medios para su producción y comercialización, y que llegan con facilidad al gran público), como igual está sucediendo con la de Berlín y, algo menos, con Cannes.

El Premio Gloria Jaeger-LeCoultre para el Cineasta de la 66 edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, que le concederán al payaso Sly «pretende reconocer la dimensión de este cineasta, autor de un cine visiblemente muy original y lleno de ternura (también cuando corre la sangre)», dice la nota del Comité Organizador.

«A través de las ya míticas series de películas de Rocky y Rambo, filmes siempre en extraordinaria sincronía con el presente que reflejan, Stallone ha explorado las zonas más claras y las más oscuras del llamado sueño americano», agrega de forma alevosa, cínica y mendaz el documento.

Cuando en 1976 el ex actor porno debutó en un filme que, entonces, redimensionó la pantalla deportiva, la parte original de Rocky —ganador del Oscar del año— muchos, incluidos críticos serios, apostaron por él. Pero el globo se desinfló con la prolongación de la «butifárrica» saga, racista y xenófoba.

En los 80, de forma paralela, el mastodonte dio cuerpo a un nuevo icono yanqui del cine de acción guerrerista y patriotero: Rambo, otra serie que fue estirada hasta 2008 con la reciente cuarta entrega del «héroe».

«Te quiero, Rambo» dijo Ronald Reagan en frase tristemente célebre, al ver las carnicerías étnicas del personaje y su rol ideológico contra la Unión Soviética y otros pueblos asiáticos, en tiempos de Guerra Fría y despiadada propaganda republicana.

Imperialista a rabiar en los principales personajes, si por algo destaca el actor en lo interpretativo ha sido por su rostro pétreo, su carencia de registros, lo plano de su oficio…

El lauro que le van a regalar a Sly fue conferido con anterioridad a figuras claves del cine contemporáneo, como el iraní Abbas Kiarostami, el japonés Takeshi Kitano y la francesa Agnes Varda. El Festival de Venecia está herido de muerte, y este yerro mayúsculo resulta la mejor prueba.

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