En vida…

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Pedrito Herrera anda en trámites de jubilación; muy sigiloso, como si no quisiera dejar rastro. ¿A quién le importa que un viejo más se vaya a casa?, rezongará cuando lea esto. Y más de un lector se preguntaría lo mismo, si no supiera que este septuagenario, fecundo reportero de la farándula y de las noches de trasluz, ha dejado más de la mitad de su vida en la redacción de Juventud Rebelde.

Se va, pero se queda para siempre el último de los fundadores de este diario que permanecía en activo aún. Y lo hace sereno, como llegó a aquel primer cierre de 1965. Recoge sus bártulos, y no piensa en glorias, ocupado como está en mirar el camino que hace a pie desde su casa, para no caerse; apenas con esos pasitos de tanto andar por la vida, de tanto seguir la sirena periodística, sin un día de ausencia a JR.

Se entrena ahora en pedir el último en la cola de… lo que venga. Y los jóvenes, quizá no sepan que entre mediados de los 60 y principios de los 70, cuando proliferaban cerrazones y grisuras que nunca pudieron con esa otra faz traviesa de una Revolución, un tal Gabriel, quien nada tiene de arcángel, abrió una ventana al mundo de los espectáculos y la música internacionales, para saciar la curiosidad de aquellos adolescentes soñadores que fuimos. Bajo la pregunta: ¿Qué hay de nuevo?—columna aún viva en JR—, se filtraban informaciones e imágenes, letras de canciones, lo mismo de The Beatles que de Nino Bravo, Rita Pavone o Los Bravos, Mireille Mathieu o Tom Jones. Y Pedrito Herrera, para siempre Gabriel, era su cicerone.

Junto a esos vientos foráneos, todos estos años Pedrito ha acompañado reporterilmente el auge de la música cubana, con suma lealtad. Las variaciones prodigiosas de Elena y Omara, la prestidigitación sobre el teclado de Chucho Valdés, la melancolía de nuestros boleristas, el delirio de Van Van y otras orquestas… No hubo timbre o sonoridad que él no entonara desde su «pentagrama» periodístico.

A estas alturas, ya el aludido, quien posee un humor filoso, debe estar protestando por ciertas asociaciones «necrofílicas» y visiones de panteón que se vislumbran con los homenajes. ¡Venir a hacerle el panegírico antes de tiempo a alguien que se ufana de haber sobrevivido a muchos—dice que al final será a todos— de los que se han fotografiado junto a él!

Pero en un país que envejece con prisa de adolescente, Pedrito podría ser uno más de esos veteranos que al jubilarse, se extravían en la niebla del olvido, por esa manía de reciclar y reponer personas como tuercas. Y ya nadie los recuerda, ni va a verlos. Los sepultan en vida.

Esos viejos parten definitivamente un buen día, y entonces vienen las hemorragias de elogios y honores a quien, a tu lado, quizá nunca le dijiste cuánto lo admirabas, o al menos le levantaste la autoestima: contamos contigo, tú eres importante y necesario.

Y aunque eso no le quitaría el sueño, tampoco en Juventud Rebelde podríamos fallarle a Pedrito en aquel reclamo tan cubano de «lo que me van a dar, que me lo entreguen en vida». Porque de lo contrario, con sus pretensiosos pronósticos de enterrar a tantos, él se vengaría de todos a puro panegírico.

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