La manzana… entre los dos

Autor:

Alina Perera Robbio

Está muy bien que pongamos la mirada en esa trayectoria de 49 años vivida por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Porque desde que nació la organización —un día como hoy—, hasta ahora, las representantes de ese género maravilloso que guarda las llaves de las puertas a través de las cuales llega toda criatura al mundo, han deshecho innumerables ataduras.

No sé si alguien pondría en tela de juicio que la Federación ha sido una de las creaciones más bellas y necesarias nacidas al calor de la Revolución triunfante. Por lo que sus afiliadas pudieron hacer en un contexto donde el fin era desterrar todo tipo de enajenación, mi madre logró ser más libre y plena que mi abuela —esta última, ama de casa perfecta, reina de su mundo, que tenía en el abuelo al proveedor de cuanto hacía falta del mundo ancho y ajeno—; y yo creo haber llegado un poco más lejos que mi madre, porque su generación puso bríos por delante en el afán de romper montañas de prejuicios.

Aun así, sin ánimos de aguar la fiesta, debo confesar que a pesar de lo logrado, que es mucho, todavía ser mujer en esta Isla se las trae. Y que no se atrincheren los hombres, nuestros imprescindibles complementos, y que nadie ose decir que estoy sangrando por la herida. Pero si vamos a proyectar un análisis honesto, apuntando al futuro, empecemos por decir que un homenaje a nosotras no cabe en brindis, ni en postales, ni en una felicitación de pasada.

¿Qué dimensiones físicas podría tener el monumento que nos merecemos? No sabría definirlo. Porque estudiosas del tema de la mujer cubana afirman que fácilmente podemos trabajar más de 20 horas al día. Está clarísimo: tenemos toda la libertad posible en eso que llamamos ámbito social, pero en casa esperan los calderos, y la batea, y la plancha, y la frazadita de piso, y los hijos. Y en este punto imagino al «sexo fuerte» enfilando los cañones para protestar en nombre de los que «ayudan».

De modo que la que quiera ser competente como ser social, sabe a qué atenerse. Y si asume responsabilidades de dirección… o tiene una retaguardia bien asegurada con una tía o mamá amas de casa, y un compañero del futuro (si lo tiene), o deja abismos, espacios no cubiertos a sus espaldas mientras desgrana el tiempo en tareas urgentes.

Perdónenme, pero en nombre de las mías, necesito reverenciar hoy a las madres solteras —que tantas hay—; a las que intentan abrirse paso con su inteligencia y tesón y merecen respeto; a quienes, a pesar de la edad, siguen siendo el horcón de sus hijos y nietos; a quienes apoyan a sus compañeros incondicionalmente, pero no perdonarían ser humilladas; a quienes presumen y cuidan sus atributos externos a pesar de ciertos lobos equivocados para quienes el mundo sigue siendo una juguetería barata donde despeinar barbies sin cerebro.

Canto, en fin, a nosotras mismas, a quienes nadie puede venir y hacernos cuentos de callejas sobre la resistencia, la lealtad y la esperanza. Sé, queridos Caballeros, que ustedes jamás discutirían sobre nuestra enormidad. En teoría, comparten esa certeza. Pero donde se les traba el paraguas —y también a no pocas que todavía le hacemos el juego a una lógica de siglos— es en la batalla silenciosa e implacable del día a día. ¿Por qué no mordisqueamos la manzana a partes iguales?

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