Los peligros de este viaje

Autor:

Alina Perera Robbio

Subió la turba de adolescentes, y de jóvenes no tan tiernos. Casi todos iban descamisados y sudorosos. El aire se tensó como si algo estuviera a punto de estallar dentro del ómnibus conocido como el «rutero» Ocho en La Habana.

El accidente fue para mí como mirar una mosca en la sopa. Porque ese ómnibus, y su travesía, me resulta el predilecto, el más familiar como pueden serlo alguna esquina, un árbol o un banco del paisaje de siempre.

Aquellos subieron vociferando como si no existiera alguien más sobre el mundo. No querían pagar el pasaje. El chofer detuvo el motor del coche, dispuesto a no emprender la marcha hasta que no sonara la alcancía. «Yo no estoy apurado…», dijo socarrón uno de los indeseables mientras el silencio de los demás se espesaba.

Tras segundos demasiado largos, uno de los pillos pagó con cinco pesos. Y en ese minuto comenzaron a sacar cuentas, a decir que no eran analfabetos y que el chofer les debía un vuelto. «Total…, si a él la gente le echa tres pesos…».

Ahí no termina la historia. En otro lugar de la travesía subió un remolino de niños descamisados. La turba anterior los conocía. Aquello eran tres generaciones semidesnudas, no solo de ropas…. Apretaba yo a mis dos hijas sobre el pecho. Alguien alcanzó a susurrar esa frase tan honda que todos conocemos: «Hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos…».

Lo decía con ironía y dolor, mirando con lástima a los niños revoltosos, recordando que la benevolencia y el afán justiciero de todos estos años han sido una sombrilla protectora a cuya sombra también ha crecido la mala hierba, que no son los hombres, sino sus actitudes nefastas que en otras latitudes no llevan diálogos ni esfuerzos educativos, sino sanciones drásticas.

De producirse un rasguño o un empujoncito en el Ocho, aquello hubiera terminado como el Guernica de Pablo Picasso: en la barbarie. Nadie hablaba. Recordé lo que una vez dijera Cintio Vitier en el Parlamento cubano: que esos también son nuestros hijos. Medité que tienen todos los derechos, pero que nadie les explicó bien sus deberes, y así se convirtieron (los mayores) en los torpes «bueyes» con los que también tendremos que arar, a ver si por el camino se enderezan.

Así es como nos damos de bruces con las fuerzas oscuras contra las que, en la hora actual de Cuba, la virtud y la ética están dando una batalla celestial. Así vemos que, donde la cultura no puso luz, el animal que todos llevamos dentro ha roto más de una rienda. Es este un asunto medular y urgente que está inspirando líneas en pensadores como Armando Hart Dávalos, y otros colegas.

La anécdota palidece ante manifestaciones más perversas y dañinas que corroen el alma moral de la sociedad, pero alerta sobre cuánto hemos sido lastimados, espiritualmente, en estas últimas décadas de adversidades al límite de la supervivencia.

Quienes no queremos dejar la Isla al pairo, tenemos una responsabilidad enorme: la de sentir que todo cuanto está mal nos concierne; y la de seguir creyendo —como nos decía Fidel hace unos días— en el ser humano, porque sin esa certidumbre, afirmaba él, podremos ser gente correcta —no ser asesinos, ladrones, delincuentes…—, pero de ningún modo revolucionarios verdaderos.

Solo convencidos de que es posible deshacer entuertos y sobre todo atajarlos desde la raíz, las rutas en pos del destino elegido no se verán ensombrecidas por ciertos desalmados que, quizá ahora mismo, pudieran estar iniciando el viaje de la perdición.

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