Bajo el mar: tierra, comida y esperanza

Autor:

Nyliam Vázquez García

El agua salada engulle terrenos en Bangladesh. Insaciable, sube y deja sin terrenos para el cultivo del arroz a millones de familias en ese país asiático. Al parecer, las nada halagüeñas predicciones sobre los efectos devastadores del cambio climático no son suficientes para la conciencia humana. Quizá, la sensación de lejanía… ¿Pero qué planeta le dejaremos a nuestros hijos y nietos?

Un reciente estudio medioambiental revela que buena parte de la superficie costera de Bangladesh quedaría bajo el mar dentro de solo unas décadas. Unos 20 millones de personas de esa nación engrosarían la lista de víctimas del cambio climático, por obra y gracia de la subida del nivel del mar. Lo peor es que grandes extensiones de tierra, especialmente dedicadas al cultivo del arroz en el Delta del Ganges, quedarían inundadas. Esta es precisamente una de las zonas más pobladas y menos favorecidas. Si se tiene en cuenta que el grano es fundamental en la dieta de esa nación y de todo el continente, las previsiones apuntan a una crisis alimentaria. Hambre y más hambre.

La ecuación es simple y el resultado siempre el mismo: quienes más sufrirán los efectos de años de indiscriminada depredación natural serán aquellos que sobreviven gracias a su entorno. Pescadores, agricultores, familias enteras que necesitan de los frutos de la tierra o el mar, ven peligrar sus modos de vida. Contradictoriamente, suelen ser ellos los más pendientes de las señales de la tierra, pero poco pueden hacer. Tal vez porque durante décadas asumimos los recursos y bondades naturales como inagotables, ahora este es un problema planetario y urgente.

El informe preparado por el Centro de Servicios de Información Medioambientales y Geográficos de Bangladesh, realizado a partir de muestras de una decena de puntos de control, asegura que el nivel del mar ha aumentado una media de cinco milímetros cada 12 meses durante los últimos 30 años. Además, como apuntan los expertos, cada vez con más frecuencia quedamos expuestos a la furia de la Naturaleza. Ciclones, terremotos, tsunamis, tifones, prolongadas lluvias, meses de sequía… el caos total es parte de la cotidianidad, no solo de Bangladesh, los países asiáticos u otra región particular.

Mientras aumentan las poblaciones que acumulan años de vulnerabilidad y desamparo frente a estos fenómenos, se avanza lentamente hacia verdaderos compromisos, especialmente de las naciones industrializadas, para revertir esta situación.

La Convención de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre Cambio Climático, que se celebrará en Copenhague, Dinamarca, en diciembre próximo, debe ser un momento importante para acercarse a un acuerdo global. Este encuentro, de cuyos intercambios deben quedar acciones que superen al protocolo de Kyoto de 1998, promete negociaciones complicadas, especialmente en tiempos de crisis.

El agua sigue ahogando tierras, comida y esperanzas. Mientras, en Bangladesh —ese país ubicado al sur de Asia y casi rodeado por territorio de la India— su gente espera no solo por cambios en las previsiones a partir del trabajo conjunto, sino por compromisos reales de los más responsables. Lamentablemente, no son los únicos.

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