¡Ay, mí mismo!

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Parado frente al espejo, Lindoro Incapaz, el popular personaje del programa Deja que yo te cuente, entabla cada miércoles una especie de autodiálogo mordaz que suena gracioso a fuerza de no pocas ironías.

Mediante sociables petulancias el supuesto director de una empresa se nos revela con el afán de encontrar a toda costa el sosiego laboral. Con ese modo tan suyo de decirse cosas dulces al oído, la jocosa figura echa por tierra todo aquello que abruma su bienestar personal, sus pequeñas grandezas, mientras encarna a quien «jamás tiraría por la borda» los intereses de los que le rodean.

Bien entretenida es la historia de este comediante, convertido ya en símbolo irrisorio de la egolatría social.

¡Qué ridículo el vicio de encontrar en uno mismo falsedades que a la postre pudieran lacerar! Pienso en algunos de esos Lindoros escurridizos que transitan por ahí, mirándose a diario con pose triunfalista frente al espejo de la realidad, profiriendo lo que en buen cubano llamamos ¡bla, bla, bla!

¿Acaso no se desdobla en una plática absurda consigo mismo aquel que hace creer que todo está «perfecto», a través de un discurso «perfecto» y de un cuento... «casi perfecto», a sabiendas de lo que anda mal?

¿Dónde situar a esos que a base de retórica elogiosa edifican a la sociedad, acudiendo solo a sobrecumplimientos y estadísticas, sin pensar en la lección transformadora de cada grieta productiva? ¿Dónde ha quedado en algunos centros de trabajo y de estudio la prédica guevariana de entender la crítica y la autocrítica como motivación para extraer de las contrariedades otras salidas?

Evadir faltas y hallarles un refugio glamoroso a los problemas no es más que un recurso de astucias por el que a veces se escurren historias corruptas, tareas incumplidas que luego costará no poco corregir.

Si pudiera decir, ¿cuántas cosas les enunciaría el espejo a quienes se jactan de sí mismos?

«Tú mismo... tienes que cambiar. Tienes que dejar de decirte algunas tonterías si no quieres seguir siendo el hazmerreír de quienes te observan. Ya está bueno de tus puentecitos melosos: una cosa es el optimismo y otra la autocomplacencia ¡Oye, uno se cansa! ¿No te das cuenta de que vives engañado, que solo eres un hombre vanidoso y simplón?».

¡Ay, mí mismo, o mejor, nosotros mismos, qué bueno si siempre nos miráramos con justeza en el espejo de la vida para aceptar que en el quehacer honrado y comprometido pueden hallarse tropiezos, válidos para guiarnos hacia el mejoramiento!

¡Cuánto bien nos haría demostrar que, más allá de cualquier ficción humorística, nuestra realidad será mucho más auténtica mientras busquemos entre todos valederas razones para decirnos cada día con franca sonrisa: Felicidades... Graciaaas!

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