El difícil arte de creer

Autor:

Nyliam Vázquez García

Como habían anunciado los acontecimientos antes y los días siguientes a las elecciones, el próximo presidente de Afganistán podría demorar en tomar las riendas de esta ocupada nación. La violencia no da tregua. La enredada madeja de intereses de políticos y ocupantes deja al descubierto la poca credibilidad de un proceso electoral marcado por la humillante presencia extranjera, encabezada por EE.UU., y por acusaciones de fraude masivo. La gente no espera nada. Necesita creer. Difícil.

Los afganos asistieron esta semana a la comprobación de lo que todos daban por hecho: existen evidencias claras y convincentes de fraude en los comicios presidenciales del 20 de agosto. Esa fue la razón por la que la Comisión Electoral de Quejas (CEQ) —organismo encargado de investigar las denuncias de fraude en los comicios, y que incluye a miembros de la ONU— declaró no válida una gran cantidad de votos emitidos en los colegios electorales de las provincias de Kandahar, Paktika y Ghazni.

Según PL, la CEQ afirmó que todas las papeletas de cinco oficinas de voto de Paktika fueron invalidadas, al tiempo que en Ghazni se ordenó la anulación de los sufragios depositados en algunas de las urnas de 27 colegios. Y… ¡qué sorpresa!: la mayoría de los votos anulados eran a favor de Hamid Karzai, quien fue colocado en la presidencia tras los manipulados comicios de 2004, y ahora aspira a la reelección.

Para animar más el circo, la Comisión Electoral (CE) ya había reportado el martes que el candidato favorito de Washington había conseguido el 54,1 por ciento de los sufragios escrutados hasta entonces, lo cual corresponde al 91,6 por ciento de los centros de voto. Con ese resultado, Karzai contaría con más de la mitad de los sufragios requeridos, que le salvan de una segunda vuelta electoral. Sin embargo, tras la anulación de votos y la certeza de irregularidades, no queda claro qué rumbo tomará el «culebrón» electoral afgano.

Por su parte, el ex canciller Abdullah Abdullah, quien sería el segundo candidato más votado —sin olvidar los altos índices de abstención— acusó a la CE de apoyar a Karzai y calificó de negligente la actuación de esa autoridad electoral. Mientras, su mencionado rival elogió el comportamiento «imparcial» de la mencionada comisión. Raro, ¿no?

A lo largo de las últimas tres semanas, han sido registradas más de 2 000 reclamaciones por presuntas irregularidades en el proceso electoral. De todas ellas, ya se sabe que al menos unas 600 podrían tener una base real.

Los afganos que acudieron a las urnas siguen en medio del fuego cruzado de las acusaciones, la corrupción, las bombas, la guerra y la muerte de sus hijos, casi siempre gracias a esos «errores» tan frecuentes de los militares estadounidenses y sus aliados de la OTAN. Este diario y dramático panorama no parece tener mucha importancia para quienes solo aspiran a detentar el poder.

El pueblo sigue dando la vida, acrecentando la lista de víctimas de una guerra impuesta que ya dura ocho años; los campesinos no tienen otra alternativa que sembrar amapola (materia prima de la heroína), los niños trabajan cuando deberían estudiar, las mujeres hacen magia para dar de comer a su descendencia… y todo eso después de flamantes elecciones.

Entretanto, fuera de la nación centroasiática, líderes occidentales como la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro británico, Gordon Brown, instan a los poderosos —claro, a los que decidieron la ocupación a espaldas del pueblo y la sostienen— a una cumbre para discutir el «destino» de Afganistán. Supuestamente, procurarán que el «nuevo gobierno» adopte medidas más responsables en la conducción del país, según la BBC.

Pero incluso para que terceros discutan sobre el futuro de un pueblo al que le ha sido negado ese derecho, habrá que esperar por el «vencedor». Como apuntan los hechos, incluso eso tomará su tiempo. A los afganos les arrebatan las esperanzas de creer.

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