Los buenos siempre son más

Autor:

Julio Martínez Molina

Las indisciplinas sociales expanden su triste repertorio, que ya hace ojos ciegos u oídos sordos ante instituciones que por regla general fueron respetadas siempre hasta por personas desconocedoras de parámetros de urbanidad, pautas de convivencia social, sentido cívico.

Recientemente los periodistas cienfuegueros asistimos a una suerte de S.O.S., proveniente del Hospital Provincial Gustavo Aldereguía Lima.

En un reclamo de auxilio, una directiva de ese centro solicitaba a reporteros de los distintos medios que ayudásemos a su institución orientando a pacientes y acompañantes —y lectores en general— en torno a la observación de las normas hospitalarias.

La doctora ejemplificó, con claridad, sobre distintas formas en que allí se pasan por alto: fumadores en las salas, diálogos en alta voz…

Seguramente la galena no lo dijo por pudor, pero a lo anterior se añaden agresiones a paredes y elevadores, comida arrojada al piso y otros atentados a la higiene, manifestaciones extendidas a otros sitios semejantes a lo largo del país.

Esos actos y sus patrones se combaten con profilaxis y orientación, es cierto; pero también mediante la reacción colectiva a los flageladores del orden. Hay una ley no escrita que nos salva: los buenos siempre son más.

Y esos, en causa unida, también deben cerrar filas contra otra modalidad en expansión dentro de la ciudad de Cienfuegos —visible igualmente en plazas cercanas—, consistente en el asalto al asfalto.

No hablo, no, de ladrones a la busca de bóvedas repletas de dinero bajo la calle, sino gente que coge un pico y raja la carretera, para bien individual y desmedro social.

Algunos lo hacen a fin de establecer la conexión a su nueva cisterna, otros para disponer de desagües y están aquellos propietarios de autos, motos, coches de caballo o criaderos que simplemente rompen la vía con el objetivo de que el agua corra y no se arremoline en su frente cuando lavan el vehículo o bañan los animales.

Huelga subrayar que los comisores para nada reparan en los perjuicios de sus acciones. Al violentar la vía —que tanto cuesta mantener en un estado aceptable— pueden generar incluso interrupciones en el tráfico.

También propician el surgimiento de accidentes, al evitar peatones y choferes sus zanjas o huecos. Igual determinan en la caída de ancianos, a consecuencia de los resbalones.

Como todos los abusadores, los rompedores de calles por cuenta propia saben cómo y dónde lo hacen. No las abren en las avenidas centrales ni en sitios cercanos a entidades oficiales. Actúan en arterias secundarias de la propia ciudad, o situadas en barrios y consejos populares periféricos.

Tan dañina como su agresión al bien público resulta la impunidad con la cual obran. Es real la necesaria presencia de más inspectores y medidas en su contra, pero más que nada —y perdónenme que lo repita— la reacción común ante el vandalismo. He ahí su freno mayor.

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