¿A quién levantar el monumento?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Algún día la capital tendrá que levantar un monumento a los agricultores habaneros, se escucha decir a uno que otro funcionario. La obra devendría, en opinión de estos, en agradecimiento de la urbe a quienes la alimentaron, a veces en muy complejas circunstancias.

Aunque justo, sería curioso plantearnos el asunto de otra forma: ¿Los agricultores habaneros no deberían levantar otro monumento a quienes compran sus productos? ¿Acaso encontrar mercado dejó de ser uno de los dilemas más ancestrales y explosivos de este mundo? ¿Cuántos campesinos o productores agrícolas ansiarían tener más de dos millones de personas a quiénes vender el fruto de su trabajo? ¿Nos olvidamos de que hasta este inmenso «potrero de edificios» —como le escuché llamar a algún guajiro— vienen desde cocos de Baracoa, cotorritas de la Isla de la Juventud… hasta polimitas de Maisí?

Mas que un reconocimiento a los labriegos por su esfuerzo, tras el cumplido de la frase podría esconderse alguna alegoría al «voluntarismo», esa discutible pieza del accionar socioeconómico en la Cuba de los últimos años, que parece habernos traído más daños que beneficios.

Si nos decidiéramos a fraguar dicha «obra», algo habría de endeble en su estructura. Sobre todo en el material simbólico que la justificaría, porque nuestras políticas económicas deberían encontrar cauces más naturales, mejor labrados a su naturaleza, para que corran como el cauce de los arroyuelos.

No pocas veces hicimos que la voluntad se nos trastocara en voluntarismo, desvirtuando la naturaleza de esa fuerza tremenda que nos permitió removernos y levantarnos por sobre tantas tempestades.

En esta misma columna me preguntaba hace un tiempo por qué en una sociedad tan bien estructurada como la nuestra ocurren en oportunidades tantos desenlaces o desencuentros. Sorprende descubrir incertidumbres dispersas, enlaces transformados en nudos, cuyo desenredo o desamarre se eterniza de forma inexplicable.

Es como si de tan grande y bien ordenada, esa estructura institucional pesara demasiado, impidiendo el rodaje o el afinamiento perfecto de todo el engranaje.

Me lo reafirmó ver en el noticiero televisivo la persistencia de desajustes en la comercialización de productos agrícolas en la capital, que continúa provocando la pérdida de toneladas de alimentos antes de llegar a manos de los consumidores. Triste tributo al esfuerzo de los campesinos habaneros.

Lo lamentable es que algo parecido denunciaron hace meses este y otros diarios. Y la historia se repite pese a que a estas alturas está en marcha un proyecto en el que la comercialización pasó de manos del Ministerio de la Agricultura al de Comercio Interior, con una empresa de acopio reestructurada.

Tal vez por ello el mejor y único monumento deseado sería levantar una limpia y poderosa línea de comercialización agrícola. Bien labrada a su naturaleza. Para impedir que quedemos «petrificados» ante tanta comida y energía perdidos.

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