Bomba de tiempo

Autor:

Hugo Rius

Sin diversidad, diferencias y diferentes, la existencia misma sería en verdad un hueco monótono y aburrido y el desarrollo y el progreso impensables. Claro que también hay diferencia entre las diferencias, porque, por ejemplo, una cosa es la de los abismos entre la opulencia y la miseria que tanta justificada rebelión desata, y otra la que alienta el perfeccionamiento humano para bien de la sociedad en conjunto.

En este último caso identifico a la escuela, que como ensayo para la vida, ha de destacar a los más aplicados y constantes, a los de mejores rendimientos en el aprendizaje del conocimiento y la apropiación de valores morales, a los que el buen educador exalta en tanto que modelos. Pero cuando esa vieja verdad pedagógica se desplaza por la tácita distinción en el aula de los que portan las prendas más caras, ya sean tenis de marcas, relojes pulseras llamativos, mochilas, las ahora llamadas luncheras y otras parafernalias digitales, se comete un crimen de lesa hipoteca del porvenir.

Retomo el tema a causa de la diversidad de reacciones que recibí por mi anterior comentario (Trampas), y confieso que más sensibilizado con los padres de limitados recursos que se las ven duras, sin ingresos en CUC, para intentar entrar en la insensata puja exhibicionista, bajo el empuje de una tendencia trasladada de la calle a la escuela. Hay quien relata que un hijo se ha sentido mirado por encima del hombro, y hasta tildado con un mote despreciativo provocador de peleas a puños ante la dignidad y la autoestima laceradas.

¿Habrá maestros o maestras indiferentes ante semejante corrosivo fenómeno, acaso los que aguardan, de los que pueden mantenerse en la punta de la «onda», los buenos y comprometedores regalos en esta o aquella fecha?

El asunto me remite otra vez al verdadero sentido de los uniformes escolares, que por cierto siempre se ha llevado con severo rigor en los centros de enseñanza de las clases encumbradas de otras sociedades, con objetivos bien concebidos: mantener la cohesión clasista, y apartar distracciones que afecten la concentración en el tipo de conocimiento necesario para reproducir el sistema social, que es uno de los objetivos de la escuela.

Y si estamos pugnando por una sociedad otra, mil veces mejor que aquella, porque se erige en valores puntales como el respeto a la dignidad humana, la justicia y la solidaridad, ¿cómo permitirnos que precoces torneos de ostentación y vanidades minen el camino?

Bien sabemos que vivimos tiempos de enormes dificultades económicas, al igual que comprendemos la racionalidad que conduce a eliminar o reducir subvenciones sociales, y que en lugar del «y» copulativo, que agrega y suma, hemos tenido que lidiar por el contrario con el «o» disyuntivo, es decir, «o esto o aquello» para salir adelante. Pero de igual manera creo en esa tremenda fuerza de la inteligencia creativa para encontrar fórmulas intermedias que al menos nos permitan rescatar la mesura en los procesos educativos formativos.

Tampoco han faltado entre los comentarios al comentario quienes han puesto su énfasis en las consideraciones macroeconómicas, cuya validez reconozco, pero me dejan con la interrogante de si debemos esperar mecánicamente a que llegue, quien sabe cuándo, el añorado bienestar general para que todos puedan comprar de lo mismo, y sin doble moneda, incluidas las míticas y embrujadoras marcas.

Y en lo que «el palo va y viene», puede persistir y adueñarse de la escuela un cuerpo extraño, una temible bomba de tiempo que padres y maestros conscientes, junto a las instituciones pertinentes, deberíamos empezar a desmontar antes de que haga estallar nuestro preciado sistema de valores.

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