¿Dónde está mi raspadura?

Autor:

Osviel Castro Medel

La pregunta que encabeza estas líneas la formuló un amigo en tono de broma hace ya varios días como espuela a una conversación nostálgica sobre otros tiempos, aquellos en los que no solo había esos dulces «rústicos» pero gustados.

Por eso, su interrogante, en el fondo —y hasta en la superficie—, deja de ser jocosa para convertirse en un pinchazo en el cerebro, en un convite a darnos cuenta cómo se nos han ido, por acomodamiento o por inercia, productos tan simples en su elaboración, y que formaban parte casi de nuestra idiosincrasia.

Como mismo se inquiere hoy por la raspadura, podríamos indagar por el panique o la prángana, aquel preparado duro que, en cambio, endulzaba paladares. Y podríamos decir, también, ¿dónde está mi chambelona, mi chupeta, mi refresco de frutas, mi «pasta cubana», mi caramelo azucarado con rayitas...?

No se trata de soñar con las épocas idílicas en que nuestros padres nos mitigaban el apetito con latas hervidas de leche condensada o las llamadas galletas de biero. Es, simplemente, pensar en si esas y otras producciones «simplonas» no se pueden rescatar de la desmemoria.

En una época en que los pellys de varios tipos, los refrescos enlatados y empomados, las menticas diversas inundan varios establecimientos a lo largo de nuestra geografía, puede temerse que las generaciones actuales, acostumbradas a esas «exquisiteces», mucho más caras que cualquier invento gastronómico tradicional, terminen por rechazar un nutritivo refresco de fruta bomba, o de papaya —como se le dice en cierta porción de nuestro Oriente.

Qué paradoja no poder vender una champola bien cubana y sí un intento de alimento venido de otra latitud.

Quizá alguien acuda, para defender esa incongruencia, a la consabida «falta de recursos» e incluso a la «crisis económica mundial». Pero todos los caminos conducen a eso que llamamos carencia de gestión e iniciativas.

No lo digo festinadamente. En Granma, la provincia donde vivo y escribo, uno encuentra hoy en pesos cubanos —vale siempre aclararlo—, en diversos puntos de ventas: pinol, gofio y pru oriental embotellado, producciones que levantan las cejas de admiración a los visitantes, como si tales cosas estuvieran «fuera de liga».

Y recuerdo que, hace unos años, cuando comenzó a industrializarse y a expenderse estatalmente, a 85 centavos, cada botella de pru —una bebida hecha a partir de raíces— algunos condenaron ese intento y le anunciaron el fracaso, porque lo veían  «solo para cuentapropistas». Algo similar sucedió con el panqué y ciertos dulces finos de «otro tiempo». Mas, en el presente la mayoría de esos alimentos se venden en lugares puntuales con extraordinaria aceptación popular.

¿Qué impide generalizar esas experiencias y otras de algunos territorios que abolieron el letal «no se puede»? ¿Qué prohíbe cualquier preparado nacido de las frutas en una nación donde estas, por clima y patrimonio natural, deberían abundar. La contestación a esas preguntas no puede venir en una resolución cósmica.

Del cosmos tampoco saldrán las diligencias y deseos verdaderos de hacer, que nos traigan de vuelta aunque sea una mínima raspadura sin envolturas y sin ajonjolí.

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