Esa fragua de espíritus

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Para hablar de las historias que se viven en un aula, he de referirme, por justicia, a sus dos partes protagónicas: el que enseña y los que aprenden.

En dualidad de poderes y saberes, los primeros siempre fungen como timonel y farol de la aventura; mientras los segundos van invariablemente bajo el mando de los primeros, y no son más que pasajeros inquietos sobre pupitres durante esa larga travesía que es la escuela.

Insisto en contar con la aprobación de ambas partes porque de nada importaría la riqueza académica de una, sin la pujanza receptiva de la otra. Poco valor tendría la erudición de un profesor si no es capaz de promover con inteligencia la capacidad creadora de sus alumnos, o no combina la agudeza de sus conocimientos con la praxis cotidiana, esa que tanto ponderó el Che.

Como escuché alertar en cierta ocasión a una reconocida pedagoga universitaria, el maestro y su discípulo no pueden mirarse como potencias antagónicas. Se trata de fuerzas complementarias, conciliables, relacionadas entre sí de manera dialéctica y solidaria.

Justamente por eso quiero ganarme el consentimiento de los que se sitúan más cerca del pizarrón que del pupitre, porque casi siempre el quehacer inquieto de un alumno implica el reconocimiento, muchas veces afectivo y hasta jocoso de sus «profes», quienes también ayudan a concebir una escuela no solo como ente físico, sino como una cuna intelectual, eso que Martí llamó «una fragua de espíritus».

¿Quién no recuerda alguna historieta escurridiza de sus tiempos de estudiante? O díganme el nombre de ese colegial que nunca ha sentido la necesidad de encubrir con picardía un motivo de risa en medio de una clase.

Que levante la mano quien no ha puesto a prueba la sana paciencia de algún profesor, o recibió «desde arriba» una mirada inquisidora que, aunque molesta, resultó bien merecida.

Pero vale que hoy alcen su diestra también los muchos colegiales que reciprocan a diario el esfuerzo de quienes les educan.

¿Dónde están esos miles que a lo largo de la Isla forjan entre libros y ordenadores el futuro de este país? ¿Dónde están los que mañana serán doctores, ingenieros, periodistas y, por supuesto, profesores; esos que reconocen con propiedad la importancia de una hora de estudio?

¡Qué bueno sería saber que en no pocas latitudes del mundo, los estudiantes acunarán hoy el mismo espíritu de transformación social de aquellos que 70 años atrás tomaron las calles de Praga para protestar contra el fascismo!

Cierto que en Cuba son por naturaleza una fuerza creadora, rebelde, inquieta. Cierto que son un caldo permanente de pensamientos y acciones «cocido» a la sazón de su tiempo. Cierto que son del maestro su razón mayor, y solo en ellos puede fraguarse hoy el espíritu colectivo de una nación culta.

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