Reciclajes

Autor:

Hugo Rius

¿Quién no lo ha padecido nunca, entre desaliento y desesperación? Omnipresente y sospechoso de perpetuidad, el burocratismo parece destinado a amargarnos la existencia, cuando por imperiosa necesidad penetramos en su laberinto de trámites. Los nervios se someten entonces a tensiones extremas durante azarosos y prolongados viajes en los que se emprenden y recomienzan rutas en pos de una respuesta o solución. Se navega por un encrespado mar de esperas, desplazamientos y retornos de un buró al otro, planillas, modelos, cuños, sellos, firmas, etcétera. Toda una parafernalia, cuyo desciframiento y posible resultado palpable puede tomar semanas, meses, años, porque ocurre con frecuencia que en medio de ese kafkiano proceso se extravía un papel o la firma estampada ya no vale y a comenzar todo de nuevo.

Uno puede imaginarse el sufrimiento de los ciudadanos de la antigua Mesopotamia que debían aguardar por las escrituras en tabletas de arcilla, o el del Egipto de los faraones, pendientes de un papiro oficial en manos de un burócrata de aquellos lejanos tiempos, en los que junto con el surgimiento del Estado apareció una figura que ha pervivido tercamente hasta los días que corren, y a pesar de la modernidad digital en la que paradójicamente el papeleo sigue siendo rey resistente.

Más perjudicial resulta el sentido de poder solidificado y transmitido entre las capas burocráticas, siempre tentadas hasta determinar lo que los demás deben hacer en su más privada vida familiar, y si los dejan, lo que deben pensar, gustarles, o no, de acuerdo con pautas trazadas desde cuatro paredes, ajenas a la realidad, en un ejercicio en que la sensibilidad pierde terreno.

Suelen proyectar para las galerías públicas una aparente rigidez en materia de trámites establecidos, pero ojo, los hay quienes han sabido reciclarse con signos de oportunistas pillerías en períodos económicos complejos, facilitando en «tiempo y forma» los documentos que por deber funcional han de proporcionar al ciudadano, gracias a una inconfesada lubricación proveniente del bolsillo. Por mencionar solo un ejemplo, las permutas de vivienda, aunque bien amparadas legalmente, suelen correr distintas suertes, según los caminos que se recorran para su materialización.

Se sabe porque los dolidos se quejan, que unos resuelven pronto y otros son presa de la incertidumbre, tal vez del dejar hacer con que se nutre la impunidad.

Los métodos burocráticos son por esencia ajenos al pensamiento revolucionario. Constituyen lastres del pasado. Inmovilizadores, alérgicos al diálogo, a la participación popular y a las innovaciones, tienden a entorpecer el más creativo y libre espíritu.

¿Acaso no han colocado ya sus piedrecitas en la aplicación de políticas como la redistribución de tierras y nuevas formas de pago salarial en algunos centros laborales, a juzgar por reportajes periodísticos aparecidos en nuestros medios?

Cuidado con que el duende burocrático emprenda otro reciclaje camaleónico para convertir en catarsis pasajera el proceso de discusión participativa a fondo al que nos han convocado en estos tiempos, en pos del socialismo que queremos seguir construyendo.

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