El muro de Ostrovany

Autor:

Luis Luque Álvarez

Ese muro, el de la foto, está en pie hoy en Europa. No, no es un trozo remanente del que existió en la glamorosa capital alemana. Está en Eslovaquia, en el pueblo de Ostrovany. Su alcalde ha ordenado levantarlo para protegerse de… los gitanos.

¿Y qué hacen los gitanos? «Roban frutas de nuestros jardines», se queja un vecino. ¡Hombre! ¿Y para eso hay que levantar un muro en el poblado, como si unos fueran una apacible comunidad de señores y siervos de un castillo, y los otros fueran vikingos con puntiagudos tarros en los cascos?

No se entiende, en verdad, cómo en la Unión Europea, que dice perseguir «paz, prosperidad y libertad para sus 498 millones de ciudadanos en un mundo más justo y más seguro», es posible que un ayuntamiento decida por su cuenta que unas personas son un peligro para otras en razón exclusivamente de su etnia. Ello significaría que un gitano, solo por serlo, es de forma automática un ratero, incapaz de cualquier signo de honestidad, y que un «eslovaco puro» es lo más parecido a un arcángel: un individuo noble, manso y laborioso…

¡Como si antes de la llegada de los gitanos a Europa, allá por el siglo XV, jamás nadie hubiera cometido un robo o un asesinato! ¿Será acaso que Nerón era gitano, y que otros de los grandes criminales que comieron pan en el Viejo Continente y de cuya presencia están ebrios los libros de Historia, también lo eran?

Esta es solo una de las últimas entre las lamentables noticias que nos llegan de esos «cultos lares», respecto a los que también son conocidos como romaníes. Ya en marzo de este año, se conoció que nueve policías eslovacos arrestaron a un grupo de seis niños gitanos de entre 10 y 16 años, acusados de haber robado un bolso, y en la comisaría, en medio de los ladridos de perros azuzados, los conminaron a desnudarse, golpearse entre ellos e incluso besarse. Toda la «diversión» quedó debidamente grabada, lo que hizo posible después la denuncia. ¿No recuerda esto algunas tristes escenas acontecidas en un penal de Bagdad? Las latitudes cambian, pero la prepotencia y la sensación de «superioridad racial» empujan dondequiera…

Ocurrió allí, en ese pequeño país, sin embargo, organizaciones de derechos humanos denuncian que el drama de los gitanos (unos 12 o 15 millones en toda Europa) no conoce de límites geográficos.  Hecha la excepción de España (la Comisión Europea aprecia positivamente que allí se les provea con empleos y viviendas), no escasean los sitios donde se les niega la ciudadanía, o documentos esenciales para acceder a la seguridad social y a la atención de salud. Incluso sus niños son matriculados en «escuelas especiales», signados como si padecieran algún tipo de retraso mental. Luego, al crecer, ¿con qué lanzas cuentan para combatir en el torneo de las oportunidades laborales?

Barreras institucionales por un lado, ataques de la extrema derecha por otro, ¿hasta dónde más los quiere llevar el alcalde de Ostrovany? Mala estrategia la suya: el muro podrá alzarse tres, cuatro metros; podrá empinarse más y más, pero la culpa y el bochorno no quedarán del lado de allá. Ellos, los gitanos, no se irán jamás, y él podrá comprobar que hay también delincuentes de pinta idéntica a la suya, ¡incluso con placa policial, y capaces de maltratar a un grupo de chicos de cabello negro!

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