Cronistas

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Los cronistas son locos adorables, escribidores terribles de bellezas insólitas. Van por la vida conmoviéndose hasta el delirio y contagian con su fiebre a cuanto incrédulo se encuentran.

Algunos los confunden con los poetas, sus primos hermanos; pero no, los cronistas amasan una sustancia más terrestre, más alucinantemente real. Y desparraman en las planas de los periódicos, las voces de la radio, las imágenes de la televisión o el maremagnum de Internet, su arrebato de quimeras.

Desde el año 2005 los amantes cubanos de la crónica se reúnen en Cienfuegos para acribillarse a metáforas y despistes, licores y academia. Los caballerescos anfitriones de la Perla del Sur conspiran de manera impecable para que la fiesta sea cada año espantosamente enriquecedora, conmocionante, telúrica.

Y uno se encuentra de todo: desde un circunspecto columnista que termina bailando a lo Michael Jackson aunque después se defienda con la frase: «He sido un hombre prístino»; hasta un estudiante de Periodismo que compra un litro de refresco y lo almacena en el florero que le han obsequiado.

Si el amoroso se llama Pancho Navarro, nos leerá sus deliciosos retratos en sepia del pasado cienfueguero; si Juan Morales, viajará con nosotros desde la partícula increíble de un municipio tunero hasta la magia inconmensurable del universo.

Si se escucha un silencio hondo, como de introspección divina, asomará el apellido Milanés colgado de la figura quijotesca del camagüeyano Enrique; y si hay que acompañar a Martí hasta el malecón inexistente de Santa Clara, y saludar con él todas las amarguras y esperanzas del camino, entonces conoceremos la rítmica voz de Yamil Díaz.

Cualquier dolor es posible si Rafael Grillo palpita con su acento ronco en los últimos minutos de Rodolfo Walsh, si Michel Contreras dialoga con un ciego mítico llamado Jorge Luis Borges o si las cámaras alevosamente líricas de Anybis e Ismary exploran la faz callada de una anciana y una casa.

¿Quién deja de reírse a mandíbula batiente cuando Pepe Alejandro y Luis Sexto, hidalgos de la mejor letra, empuñan sables desde sus tronos respectivos, para terminar abrazándose, cuando cierto profesor santiaguero puebla de ocurrencias su acercamiento a la emoción y al ensayo, o cuando la maestra negra y gruesa, de ojos pícaros, ante la pregunta de si le habían susurrado al oído, soltó el: «Claro, compañero, ¡cantidá…!»?

Ah, los cronistas, que les permiten a dos jóvenes medio cuerdos escaparse de la cita para ir a besarse al viejo muelle por donde salió de Cuba el meteoro Julio Antonio. Ah, narradores de lo increíble, si ustedes no estuvieran —discúlpame Dulce María— el Sol y la Luna seguirían saliendo, tendríamos lluvia, fuego y amaneceres, pero ya nada volvería a ser feliz en la Tierra.

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