Apología al beso

Autor:

Yoel Suárez

Una palabra resulta, a veces, tan endeble que pasa a la historia no más es pronunciada, aunque algunos románticos luchen por asirla al pecho o tallarla en su epitafio.

Igual de frágil es una mirada. Si bien puede ser emisaria de «luz verde» o embajadora de dudas, carece del impacto anonadante que endosa una caricia, y esta, a su vez, del hálito fresco que encierra una poesía.

Seguro estoy que todas las armas del amor serían una estrofa vacía en el himno de la vida si se ausentara la armonía de un beso, con su maravillosa propiedad de no pasar nunca de moda y causar, a quien tiene el placer de sentirlo, la misma sensación de embriaguez de la primera vez.

Un beso es como una obra pictórica. No importa de quien venga (un artista amateur o un cuarentón consagrado). Unir labio con labio es delinear un puente abstracto entre dos interioridades, a veces incomprensible por sus matices o nuevas dimensiones, pero definitivamente hermoso.

Como un cuadro de Goya, un beso trasmuta emociones: del etéreo estado sentimental a la suave solidez del labio, hace perceptible lo que fuera soplo de afecto y siembra en el cuerpo amado un trazo de acuarela que hiere, quema, aviva el deseo de amar.

Como el oro del anillo sella el valor del matrimonio, un beso fundido en el alma —casi angélico, casi humano—, tiene el don de unir dos vidas bajo un hálito de ternura, volcán y rosal, porque no es más que un sortilegio, un don en el que hemos creído por los siglos de los siglos.

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