Filipinas: ¿seguro que se acabó la crisis?

Autor:

Nyliam Vázquez García

Con alguna frecuencia los titulares de los medios de prensa destacan que tal o más cual país salió de la recesión económica. El continente asiático, con China a la cabeza, impulsa la recuperación; sin embargo, los macroindicadores no muestran otras caras de la realidad.

Para no pocas regiones del planeta, «la crisis» no es un concepto abstracto que se materializa en otro sitio, ni un fenómeno reciente del que la humanidad trata desesperadamente de salvarse… Muchos en el siglo XXI viven desde siempre en crisis, y una realidad distinta solo la ven en las telenovelas.

Cuando comenzó el hundimiento económico, la mayoría de las naciones optaron por entregar grandes sumas de dinero a los bancos y a las empresas para salvarlas de la ruina. A pesar de ello, los recortes presupuestarios, los despidos y la quiebra de los pequeños negocios marcaron el ritmo de la peor debacle económica desde la Gran Depresión de 1929. Ahora que se habla de recuperación y se lanzan fuegos artificiales por la «victoria», los principales beneficios siguen siendo para los ricos. Esos que, en última instancia, vieron en peligro sus millones, patalearon, gritaron «¡auxilio!», y por obra y gracia de las «operaciones de salvamento» ahora brindan con champán.

Pero para los pobres de siempre —esos que deberían avergonzar a la humanidad toda— la diferencia, a pesar de los números, radica en que ahora escasea la «basura buena», o en que la familia se multiplicó repentinamente y, en aquella parte de la ciudad donde antes eran los únicos mendigos, ahora una decena más corre la misma suerte.

En Manila, la capital del archipiélago, los pobres urbanos suman casi cinco millones. Unas 800 000 familias no tienen empleo fijo, viven de hurgar en la basura para sobrevivir y no tienen casas. Los tugurios se amontonan unos sobre otros. Contrario a lo que suele ocurrir en tiempos difíciles —muchos de los que salen de provincia a la ciudad en busca de oportunidades, regresan al campo—, en Filipinas, la migración hacia las ciudades continúa en aumento.

Más de la mitad de los 92 millones de habitantes de esa nación reside en centros urbanos, principalmente en Luzón, el mayor archipiélago del país, y en Manila, una de las ciudades más densamente pobladas del planeta.

Según el censo, la población del área metropolitana de la capital, conocida como Metro Manila, casi se duplicó, al pasar de 5,9 millones en los años 80 a 11,5 millones en 2007, mientras que el promedio anual del crecimiento demográfico se mantiene en 2,3 por ciento. Lo que significa que más de la mitad del total de los habitantes, por lo menos en la urbe, son esos seres humanos que subsisten en crisis perenne.

«La tendencia es que cada vez más personas están viniendo a las ciudades», expresó a IPS Dennis Murphy, director ejecutivo de Urban Poor Associates (UPA, Pobres Urbanos Asociados), quien ha participado en los esfuerzos de ayuda a miles de familias para encontrar mejores sitios de reubicación en ese contexto, de por sí hostil.

Para completar el dramático cuadro, en Filipinas las personas formalmente empleadas suponen solo el 25 por ciento, mientras que el resto sobrevive a partir de empleos informales, lo cual agudiza la precariedad de la vida. Por si fuera poco, el año pasado estos centros superpoblados se vieron afectados por dos tifones.

Lamentablemente este es solo un ejemplo de una realidad que no tiene distinción continental. Al final, los más vulnerables sufren más y se benefician menos. Pasará mucho tiempo para que los pobres de Metro Manila o de New York perciban la «recuperación» económica, y cuando ocurra, por el actual patrón de distribución, ello solo se traducirá en una cuota extra de «basura buena».

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