El prodigio de una sonrisa

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Hace casi 12 años nació en Villa Clara un proyecto que desde su propio «parto» anda instruyéndonos en el prodigioso valor de una sonrisa.

Desde las salas del hospital infantil José Luis Miranda, de esta provincia, un grupo de profesionales de la Salud, liderados por el psicólogo Omar Cruz Martín, confirman cada jueves que la ternura puede ser infinita. Y lo prueban sin entrar en conflicto con las ciencias, al asentarse en las «teorías» de una ciencia mayor, la del cariño.

Semana tras semana, en un ambiente rociado de tristezas, se vuelven recurrentes los destellos de un arte que no brota para eclipsar con alegrías el dolor ajeno, sino para sublimar espíritus ante la terquedad de un sufrimiento.

Se trata de esparcir ternuras en un sitio donde a cada instante se encienden y se apagan esperanzas; algo así como encender luces en medio de esa tiniebla de inquietudes por la que transitan niños y padres cuando un mal «pequeño» roza las sombras de una sala fría.

Y es que en un recinto donde habitan las incertidumbres, también puede sentirse la certeza curativa de la música, en un duelo de afecto contra los malos augurios, como quien libra una porfía frente a la ofuscación del bien.

Allí, de las cuerdas de una antiquísima guitarra, un trovador hace brotar los acordes de Estela, ese granito acanelado que salió hace unos años de la «cazuela» musical de Liuba María Hevia, para mezclarse ahora con la voz de otro juglar que a bordo de un navío de papel enrumba su melodiosa proa «por el ancho mar» de la cordialidad.

De la mano de jóvenes instructores, varios chicuelos redescubren, entre crayolas y pinceles, los caminos de su propia fantasía. ¿Qué estudiaré cuando sea grande? ¿Marinero, piloto, aviador, médico, escritor, artista?, se disputan unos a otros mientras le hacen un guiño a la inocencia y le arrebatan al destino alguna que otra picardía.

En improvisado escenario, una mesa de curaciones sirve de retablo a los artistas, cuyos personajes saltan de un cuento a otro al antojo de los propios infantes. ¿Acaso alguien se resiste a creer que Cenicienta y Elpidio Valdés fueron una vez amigos?

No hay paciencia ni gesto de confianza que no colme de gratitudes paternales la profesionalidad de quienes han sostenido con deleite una fórmula que engendra las buenas emociones.

Cerca de 26 empresas de toda Villa Clara apuntalan hoy con sus recursos el latir feliz de este proyecto que gana devoción entre los lugareños por convertir el arte y la palabra en un acto de fe en edades tempranas.

Para una sonrisa es el nombre de tamaña iniciativa. Y bien se logra, entre palmadas que brotan ante el asombro de tantas historias y voluntades reparadas, ese propósito de prodigar alegrías, en un convite orquestado cada siete días como bálsamo del alma.

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