Lisonja a lo cubano

Autor:

Nyliam Vázquez García

Iba con el ceño fruncido después de una noche de insomnio. Contaba desventuras, planificaba la jornada —como si sirviera de algo—, tejía sueños lejanos. Estaba, y no. Para regresar a la realidad, nada como un piropo pícaro, inteligente, de esos que te hacen sonreír, aunque quieras mantener la compostura.

Los piropos cubanos son muy ingeniosos. Claro, algunos, como todo lo nuestro, se pasan. Pero esos no merecen ni una letra. Los buenos piropos son una joya de la imaginación popular. Nos identifican. Algunos tienen propiedades curativas —más si vienen de los labios deseados—; los otros sacan sonrojos, roban guiños, dan empujoncitos a la autoestima femenina: Todos obran milagros.

De lejos observo a los «piropeadores». No pueden resistirse ante el paso femenino. Necesitan que ellas los noten aunque sea por un instante, y el gesto valiente de encimarse, de susurrar todo lo cerca que pueden, sabe a dulce, especialmente cuando es respetuoso. El pestañar en que cada palabra urge la atención se vuelve eterno. No importa que nunca más se crucen o que en la próxima esquina otro usurpe el territorio y lance el suyo. La magia ya se hizo.

Por suerte, los piropos no son exclusivos de ellos. Nosotras también los hacemos, aunque con más sutileza, y no solo porque seamos nuevas en ese terreno. En el caso femenino, permite expresar sin ambages sensaciones que, de otra manera, quedarían reprimidas en algún lugar de la memoria. Avanzamos rápido.

Cuando te sorprenden, ese instante te rejuvenece, logra que notes la existencia con más hondura, mientras andas levitando en el océano del vaso medio vacío o viceversa. ¿Cómo será para ellos?

Nuestros hombres encuentran inspiración en los más disímiles resquicios de la existencia nacional: en la novela de turno, en la serie nacional de béisbol, en los refranes y hasta en la filosofía marxista. Los piropos de antaño se actualizan, se escuchan otros nuevos… Todas podemos recibirlos, porque los nuestros no solo halagan a la mulata descomunal que interrumpe el tráfico. Por suerte, tienen un arsenal muy variado, chispeante, sensual… Y cuando el conjunto no les satisface o algún defecto salta a la vista, no importa, lo mejor de nosotras, incluso lo invisible a los ojos, atrapa la galantería.

En medio de la vorágine cotidiana, ellos se detienen para la lisonja a lo cubano. Entonces a una no le queda más remedio que suavizar el rostro —a pesar de la mala noche— dejar a un lado las desventuras y los planes inciertos para sonreír con cierta compostura, agradecer y seguir tejiendo sueños.

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