El otro Kaczynski

Autor:

Luis Luque Álvarez

Dicen los que saben de política en Polonia, que el trágicamente fallecido presidente, Lech Kaczynski, no tomaba decisiones de calado en las cumbres de la Unión Europea sin antes consultar y esperar la seña de su hermano gemelo, el hoy ex primer ministro Jaroslaw.

Lech, de la formación Ley y Justicia (PiS, según las siglas en polaco) ascendió a la presidencia en 2005, y un año después colocó a Jaroslaw (líder del partido) en el puesto de jefe de Gobierno. Hasta noviembre de 2007, en que este perdió el cargo en unas elecciones anticipadas, el país experimentó, por un lado, un notable crecimiento económico y una reducción del desempleo, mientras, por otro, ocurrían desaguisados, como el obsesivo empeño de los mellizos —convertido en ley— para «purificar» a los funcionarios estatales, hurgando en su pasado con el objeto de descubrir si colaboraron en algún momento con las autoridades comunistas antes de 1990. Una auténtica cacería de brujas, declarada ilegal por los tribunales.

Tal vez esto, así como los frecuentes encontronazos de los Kaczynski con Rusia y Alemania —con las que estaban «a los moños» desde la mañana hasta la noche, por lo que hicieron Hitler y Stalin en su tiempo—, y los aprietos en que ponían a la UE —Varsovia bloqueó por un tiempo la renovación de un estratégico acuerdo de cooperación con Moscú—, desencantó a la gente, que sumó estos ingredientes a la trama de corrupción por la que se acusaba a un aliado del PiS. Así, Jaroslaw perdió el trabajo de primer ministro en las elecciones de 2007, y Lech, entretanto, debió aprender a cohabitar con un nuevo jefe de Gobierno, Donald Tusk, del partido liberal Plataforma Cívica (PO), quien se mantiene hasta el presente.

La reciente muerte del mandatario ha forzado a Jaroslaw a anunciar este lunes que competirá por la presidencia en los comicios previstos para el 20 de junio, pues el país «demanda que echemos a un lado nuestro sufrimiento personal y pasemos a la acción, a pesar de la tragedia». Algunos avizoran que, precisamente por el fatal suceso, Kaczynski podrá acopiar buena parte de la simpatía nacional suscitada hacia su hermano. Pero ignoro si será suficiente para cubrir la amplia brecha que ya se advertía en las preferencias de voto desde antes, y que favorecía al PO.

Además, no es de obviar que, si el accidente aéreo enlutó a la sociedad y funcionó como elemento de cohesión, la decisión de inhumar al presidente en la Catedral de Wavel, en Cracovia, lugar de descanso eterno de las más eminentes personalidades polacas desde la Edad Media, provocó el desacuerdo de algunos sectores, no convencidos de que se le debiera igualar con los más eméritos de la patria. Y ello podría tal vez restarle aun más posibilidades al candidato del PiS.

El del PO, Bronislaw Komorowski, está de todos modos muy delante en las encuestas (49 frente a 26 por ciento), y se considera difícil desbancarlo. Además, en el momento del accidente aéreo, como jefe que era del Sejm (Parlamento), le tocó asumir por ley la presidencia de la República de manera provisional, lo que ya es, para los votantes que observan, un avance de cómo podría desenvolverse después en un mandato de elección.

En todo caso, tanto el PiS como el PO se vinculan en sus orígenes, de alguna u otra forma, al sindicato Solidaridad, de Lech Walesa. Y no es previsible, por la semejanza de objetivos en una Polonia cada vez más inserta en la Unión Europea —y por cierto, menos golpeada por la crisis que muchos de sus vecinos, especialmente los bálticos—, que quien se haga con el cargo en las presidenciales le dé algún golpe de timón significativo al rumbo del país. Tal vez, si es Komorowski —como todo indica—, habrá un mayor alivio en las relaciones con Rusia, ya mejoradas durante el Gobierno de Tusk. Pero no mucho más…

A Jaroslaw Kaczynski, no obstante, le tocaba, por honor, recoger el pañuelo caído. Y es lo que ha hecho.

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