Aguzar la inteligencia y no el conflicto

Autor:

Julio Martínez Molina

El hombre bajaba, bamboleante, una calle de Cienfuegos, 4 y 30 de la tarde, en bicicleta, borracho hasta el punto donde pierden todo límite. En el «caballo» del ciclo viajaba un niño uniformado, de nueve o diez años, al que todo indica había recogido en la escuela.

Diluidas las nociones de espacio y peligro, se incorporó de súbito, con total imprudencia, al carril por donde transitaba un auto en el que iban un señor de alrededor de 50 años, una mujer y dos niñas.

El chofer del carro solo atinó a frenar, no dijo siquiera una palabra, pero nuestro personaje le ofreció —como regalo por no chocarlo— una escala de agresiones verbales inimaginables, y luego lo persiguió hasta una esquina.

El sujeto del ciclo, allí, en su frente de batalla particular, fuera de sí, le dio entonces una lección al chiquillo: así debía obrar con estos «tipos» de carros, para que ninguno lo sopapeara.

Al margen de las disímiles aristas del hecho, donde un observador con un punto de vista como el mío se detendría es en el asunto ejemplo-niño-futuro.

Para no caer en lo anecdótico, este redactor se abstiene de mencionar otras situaciones recientes de corte similar apreciadas en la cotidianidad, y no podemos taparnos los ojos: el caso no resulta aislado, suelen observarse «enseñanzas» similares de progenitores parecidos.

Bárbaros amparados en un código de conducta selvático pretenden que su cría sea el nuevo macho alfa de la jungla, mas solo en lo relativo al desafío; jamás en agudeza, inteligencia, preparación, donaire.

El período de incubación de verdaderos monstruos de las más diversas sociedades pasa, en no pocas ocasiones —la historia está llena de ejemplos— por haber arrostrado la mala fortuna de contar con crianzas semejantes, donde primó el componente agresivo.

Decantación «educativa» que siempre irá en desmedro, consustancialmente, de nociones decisivas en tan importante etapa de la vida como el afecto, el cariño… los valores.

¿Qué podrá reflejar, cómo obrará el adolescente, el joven, el adulto, si desde que tuvo uso de razón, fue educado en la misión del conflicto?

Pese a disímiles esfuerzos en tal sentido, resultará difícil a la escuela, a las campañas de bien público, a un sistema educativo e institucional diseñado, como en ningún otro sitio, para hacer aflorar y encauzar las virtudes de todo tipo —morales en rango primordial— desde la niñez, modelar ese barro maltratado.

Pero aun así, es preciso; lo contrario sería la derrota total. Ahí está, entonces, el invaluable rol de nuestros educadores, pero también de la comunidad… de todos quienes sintamos el más mínimo grado de compromiso con el futuro de nuestra sociedad.

Siempre hay un resquicio para la buena influencia, un claro para brindarle un bocado de luz al desprotegido, a ese pequeño requerido de apoyo.

Y si desgraciadamente ya no pudiéramos hacer algo en favor de esa especie de maqueta de hombre que es el dueño de la bicicleta —seguro él no dispuso de esa mano en el hombro— es probable que, gracias al concurso colectivo, todavía sea posible impedir que le destroce el futuro al chiquillo que le dice «papi».

Alfa es la primera letra del alfabeto griego; omega, la última. De permitirle proseguir marcando el ritmo al iracundo papá, su «machito» iría —por vía expedita— rumbo a convertirse en un hombre omega, no solo desconociendo el amor, sino provocando bastante dolor en el camino, a imagen y semejanza del infeliz que se encargó de engendrarlo.

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