Antídotos en el salón

Autor:

Yahily Hernández Porto

Le confirmaron al paciente que tenía una enfermedad prostática y requería de una operación. A la semana de aquella noticia estaba en el quirófano y 12 horas después se recuperaba en la sala de Urología del hospital camagüeyano Manuel Ascunce Domenech.

Desde que la familia del enfermo conoció que su ser querido sería hospitalizado, se «movilizó» para asegurar los «medios de apoyo» —y no exagero— que en ocasiones requiere una empresa como esta.

Llegó el día de la intervención quirúrgica y cuál no sería el asombro de la parentela —me incluyo— al percatarse de que más de la mitad de los artículos recopilados debía regresar a casa (aunque la otra parte permaneció en el maletín del paciente, «por si las moscas»).

Solo hizo falta lo imprescindible, pues los dos bebederos de la sala, los ventiladores de techo, las luminarias, los teléfonos, los grifos para el agua y las camas movibles de cada cubículo funcionaban a la perfección.

Los comentarios de pacientes y familiares sorprendían: «Esta sala es única», «Parece un hotel», «¡Qué clase de limpieza y de tranquilidad!», «Hay agua las 24 horas del día», «Los baños se mantienen limpios», «Aquí se respeta la privacidad del enfermo», «El horario de visita y del cambio de acompañante son de estricto cumplimiento», «No se siente ni una mosca volar»….

Alguien incluso afirmó: «En medio del frenesí por aplicar tantas curas y cumplir numerosas responsabilidades médicas, las enfermeras se preocupan hasta por mantener preparado, día y noche, el cocimiento de yamagua necesario para ayudar a evitar los sangramientos en los intervenidos».

Durante casi una semana, en Urología, no recuerdo haber visto un papel en el piso y jamás se respiró el humo de un cigarro, algo que sí es común al otro lado de las puertas de la sala e incluso en salones vecinos.

Tras esas expresiones y vivencias, intuí que mi pariente hospitalizado y varios de los que coincidieron junto a él no olvidarán este lugar. La gratitud, esa amiga inseparable de la buena memoria, recompensará el trato y la ética profesional con que los atendieron los doctores, el personal de enfermería y otros trabajadores de este centro asistencial quienes, a propósito, también salían muy bien parados de los intercambios con ciertos familiares que son de anjá, esos mismos que usted ve por ahí recomendando tal o más cual remedio —cual si fueran ellos los hijos de Hipócrates— y no son capaces de comprender que un hospital tiene horarios y normas.

Y cualquiera podría preguntarse a qué viene destacar acciones tras las cuales solo está el cumplimiento de deberes, pero el elogio halla lugar porque apuntala la idea de que sí podemos si nos organizamos mejor. Las «gracias» o una sonrisa es lo menos que puede recibir un galeno u otro trabajador dedicado a labores que exigen altos sacrificios.

Cuesta más reparar actitudes que muros. Centros hubo que abrieron puertas tras capitales reconstrucciones, pero el servicio continuó desaliñado. ¿Qué pasó? Repararon todo, menos la conciencia y los lazos entre los trabajadores. Tal vez la convivencia con malos hábitos tuvo que ver con que allí se bajara la guardia y eso, ahora, puede hacer que algunos no comprendan a un colectivo tratando de mantener un apego a la ética hasta en la manera de vestir.

Difícil es, pero imposible no. La sala fue reparada hace ya algunos años, pero aún se distingue allí la belleza de lo recién estrenado, indicándonos que en la exigencia y constancia diaria de enfermos, galenos, trabajadores y familiares se encuentran los antídotos contra la suciedad, el desorden y el abandono que no guardan relación con el duro e incuestionable impacto que sobre este sector han tenido el bloqueo imperial y los años de crisis económica.

Pensé que lo visto en Urología era la realización del deseo de muchos acerca de cómo queremos que sea un hospital. Los días transcurrieron y aquella imagen sobrevivió. Un rayito de sol iluminó lo que es tan necesario: calidad en los servicios, ética profesional y buen trato.

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