Para marcar antes del silbato final

Autor:

Roberto Díaz Martorell

Uno no valora el tiempo hasta darse cuenta que no queda mucho, pensé al ver el acelerado ritmo que imponen equipos participantes en la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, especialmente cuando falta muy poco para el pitazo final y están a punto de perder el partido.

Pareciera que hasta ese momento, los atletas —los perdedores, por supuesto— con todos los recursos humanos y técnicos requeridos sobre la cancha, no aprovechan al máximo las oportunidades que pudieran crear a la ofensiva y muchas veces se conforman con algún que otro intento estéril.

Ya a punto de concluir, cuando el árbitro mira con insistencia el reloj, arremeten con todo de manera tan desorganizada que se pierde la efectividad entrenada durante un largo tiempo dedicado a la preparación.

¿Exceso de confianza? ¿Finalistas? Por desgracia esta última es una actitud bastante frecuente e irresponsable. Esperar a las postrimerías para hacer lo que debíamos desde el inicio, máxime si tenemos a mano las herramientas necesarias para ello, es una burda manera de burlarnos de nosotros mismos cuando creemos que en realidad burlamos a Cronos.

Pero no solo el fútbol es un escenario donde convive la pérdida de tiempo que parece cobrar sus víctimas. Un ejemplo claro lo aportan algunos estudiantes, quienes tras un curso entero sin aprovechar al máximo las horas de estudio, se apuran ahora a causa de los exámenes finales en los que su gol sería el pase de grado.

Sin embargo, no los culpo exclusivamente a ellos. Jóvenes, al fin y al cabo, priorizan las actividades que consideran más importantes de acuerdo con el grado de exigencia de la familia y la escuela. Y aclaro que no sugiero eliminar la diversión, sino solo ubicarla en el lugar y el tiempo correctos.

Si a usted o su familia se le ha dado el caso de algún pariente reprobado, podrá entender la importancia que reviste conocer de cerca las actividades docentes y extraescolares de los muchachos. Así, se evitarían frases en clave de lamento como: «¡No es posible. Si siempre fue a la casa de estudios…!». ¿Y usted, lo verificó? ¿Asistió con frecuencia a la escuela para saber la realidad académica de su hijo(a)? Si lo hizo, tendrá los argumentos; si no, empiece hoy que nunca es tarde.

Sin ser experto en Sociología me atrevo a clasificar al mes de junio como la etapa en que gran cantidad de jóvenes reducen al máximo las salidas nocturnas y no precisamente por escasear las propuestas. La causa habría que buscarla en otro lugar, en el tiempo extra que dedican a reaprender lo supuestamente aprendido.

Entonces —usted me dará la razón o no—, se desata en casa una movilización general porque el niño debe aprobar los exámenes y en la escuela se organizan sesiones de repaso prolongados.

Al final, cuando los resultados se exhiben en murales públicos de los centros escolares, se puede confirmar si valió o no la pena dejar para ahora lo que pudieron hacer siempre, en especial aquellos que optan por carreras que precisan de un profundo hábito de estudio para vencerlas.

Mientras tanto aquellos que aprovecharon el tiempo de clases, aclararon dudas y dejaron la diversión para los fines de semana, tienen hoy mayores dividendos con su tiempo y, además de repasar, disfrutan también los partidos de la Copa Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010.

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