Sin patadas y piñazos

Autor:

Lázaro Jorge Carrasco

«¿Está buena esa película?», me pregunta curiosa una vecina al verme tan concentrado frente al televisor. «Me parece muy buena», le digo, sin alejar demasiado la vista de la pantalla. «Pero, ¿está como para no aburrirse?», me interrumpe nuevamente «¿Tiene bastante acción, bastantes patadas y piñazos?».

Le comento a mi vecina que el filme es de los años cuarenta del siglo pasado y que se llama Ciudadano Kane, pero parece que le suena aburrido lo del año y desiste de verla conmigo. Y cuando le digo que es un drama, abandona la sala de mi casa sin pensarlo demasiado.

De un tiempo a acá, no sé precisar desde cuándo, hay telespectadores cubanos que solo buscan los filmes llamados de acción, en los que la violencia, los golpes y los chorros de sangre tienen un lugar asegurado. Vale precisar que esta no es, ni mucho menos, la primera vez que el asunto despierta la preocupación de alguien, así como tampoco es nuevo este tipo de cine. Ya en la década del 30 del siglo pasado emergían los filmes de gánsteres en los Estados Unidos con personajes tremendamente violentos.

El también llamado séptimo arte ha sido, casi desde su propio surgimiento, una manera efectiva de representar todo tipo de conductas humanas, que conforman facetas reales de la vida del hombre y, por lo tanto, dignas de mostrarse en la pantalla.

Sin embargo, con el devenir de los años las condiciones en que el cine es consumido por los espectadores han variado enormemente. Si antes de la aparición del DVD se evitaba que los niños vieran en los cines las a veces tan famosas películas «no aptas para menores», ahora, en la tele de casa, a cualquier hora del día o de la noche y bajo la supervisión o no de los padres, esos menores se ¿educan? en el placer de ver cómo cuatro gladiadores romanos golpean y apuñalan el cuerpo de Espartaco o la impactante escena en que un genio de las artes marciales arranca de una sola patada la cabeza del enemigo.

Otros, como mi vecina, han perdido —si alguna vez lo tuvieron— el amor por las películas dramáticas, por el disfrute del cine clásico, cuyos valores estéticos y didácticos han trascendido no en vano. Han olvidado, quizá, que los buenos filmes aún existen y que no han abandonado las salas del país.

En un sinnúmero de hogares también aflora una nueva realidad: la revolución de la tecnología ha traído el cine a casa, y corresponde a los adultos orientar los gustos de los menores con propuestas interesantes, que estimulen su intelecto pero sin hacerlos perder su inocencia.

El cine representa un factor importante de influencia social. En dependencia de cómo trate los temas y de la atención que le otorgue el público a sus producciones, el séptimo arte podrá configurar una cultura o una contracultura, y podrá evitar o no que mañana llamen a mi vecina de la escuela para avisarle que su hijo de siete años tuvo una pelea con otro niño en el horario de receso.

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