El menú - Opinión

El menú

Autor:

Luis Luque Álvarez

Como un menú, en el que cada comensal escoge lo que desea —si carne, carne; si fruta, fruta—, así parece ser el derecho internacional. Solo que en este restaurante mundial, solo unos pocos comen lo que desean de la carta. La mayoría debe contentarse con lo que le pongan delante, aunque sea inmasticable…

Este último es el caso de Serbia, que la pasada semana debió oírle a la Corte Internacional de Justicia que la proclamación unilateral de «independencia» de su sureña provincia de Kosovo, efectuada en 2008 por la minoría albanesa que la habita, «no viola el Derecho Internacional general».

El Gobierno serbio había solicitado a esa instancia una opinión consultiva, no vinculante, acerca de la licitud de ese acto. Y ahora que la Corte respondió, las autoridades albanokosovares «saltan-brindan-bailan-cantan», eufóricos por lo que entienden como «la madre de los reconocimientos», o la puerta por la que habrán de entrar ahora todos los países que no han admitido el desgajamiento de ese territorio, pues solo 69 han reconocido al nuevo «Estado», y de la UE, ni España, ni Eslovaquia, ni Rumania, ni Grecia ni Chipre quieren que les mienten el asunto.

Pero la opinión de la Corte era eso solamente: una opinión, un criterio para ser consultado, y no un cuño oficial para un «hágase». De obligatorio cumplimiento sí era, por cierto, la resolución 1244 del Consejo de Seguridad de la ONU, de 1999, la cual, además de conminar a las tropas yugoslavas a retirarse de la provincia de Kosovo (lo que se cumplió, en efecto), reafirmaba «el compromiso de todos los Estados miembros a la soberanía y la integridad territorial de la República Federativa de Yugoslavia y los demás Estados de la región, tal como se establece en el Acta Final de Helsinki».

¿Qué tenemos entonces? Que el Consejo de Seguridad, conocido por su escasa paciencia cuando se trata de juzgar a países que le resultan poco simpáticos, comprometió su prestigio en reconocer que las fronteras de Yugoslavia (en ese momento formada por Serbia y Montenegro) permanecerían intactas. Y su alusión al Acta Final de Helsinki —que estipula que las fronteras europeas no pueden cambiarse, a no ser por acuerdo entre las partes interesadas—, ponía sello de tranquilidad al asunto: Serbia, heredera de la ex Yugoslavia, podría estar segura de que no sería tocada en su integridad.

Bastó, no obstante, que un peligroso sujeto llamado George dijera que el asunto de Kosovo ya estaba demorándose demasiado, y que era hora de la «independencia» —nunca dijo lo mismo del caso palestino—, para que los gobernantes kosovares, antes alegres terroristas del denominado Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) que figuraban en la lista negra del Departamento de Estado norteamericano, terminaran escindiendo la provincia, cuna entrañable de cientos de monasterios e iglesias en torno a los cuales se forjó la cultura y la identidad del pueblo serbio, que siglos atrás fue la barrera que detuvo al imperio otomano en su avance hacia occidente.

Nadie se acuerda hoy de eso. Solo algunos ponen el parche: «El caso de Kosovo no sienta precedente, es único». ¡Claro!, porque si a los escoceses les diera por proceder igual, Gran Bretaña podría perder de pronto su sombrero; y si lo hicieran los flamencos, Bélgica quedaría coja de un pie: de la rica región de Flandes, donde precisamente un partido deseoso de la independencia resultó el más votado en las elecciones recientes. Y si a los albaneses que viven en Macedonia les diera por lo mismo (y ya les ha dado; vivir para ver…), pues podrían fundar algo así como una «Kosovonia a la carta». En fin, que si no fuera «único» el desgarramiento que está sufriendo Serbia, ¡lista estaría Europa!, con todo el mundo queriendo fundar su Estado de cuatro gatos en un continente tan diverso y tan surcado por los avatares de la historia.

Pero los poderosos han elegido: «Esto me gusta, esto no me gusta; esto sienta precedente, esto no lo sienta». También son ellos, en definitiva, quienes elaboran el menú…

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