El día del Chino Heras

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Era imposible. En el puesto de mando, el jefe, un oficial soviético coloradote, observaba a aquel jovencito con aspecto de tártaro. Lo medía de reojo y su malestar aumentaba: si pudiera retorcerle el pescuezo, mal rayo lo parta. Mire usted: ¡corregir las indicaciones de tiro hechas por los artilleros que tomaron Berlín! ¿Cómo se atrevía?

Y encima de eso proponer una fórmula de tiro indirecto. ¿Está loco? Únicamente a los veteranos se les ocurría esa idea, y ahora para colmo se aparecía ese tártaro… o, mejor dicho, este chinito con sus inventos.

No había más que mirarlo. ¡Qué atrevido!, si hasta el uniforme parecía quedarle grande. Sin mucho esfuerzo un niño siberiano podría desaparecerlo con un soplido. El oficial apretó los dientes. «Ya te zurraré por estar haciendo proposiciones», pensó. Tomó aire y dijo: «¿Está usted seguro de lo que dice, Heras León?». El Chino se cuadró: «Sí, camarada jefe».

El ruso soltó un gruñido: «Dé la orden». Y empezó a saborear el fiasco por anticipado, a deleitarse con el ridículo de aquel fresco…, cuando la boca se le descolgó del asombro. Porque aquel jovencito —que ya había sentido la pólvora y las caricias de la muerte en Playa Girón— dio las indicaciones del tiro con toda seguridad y los proyectiles cayeron justo como había anticipado.

Años más tarde, al hojear un manual de artillería, Eduardo Heras León descubrió por casualidad que esa fórmula suya estaba recogida en los reglamentos de tiro del Ejército Soviético. De seguro la nostalgia lo asaltó, y de seguro también sintió que otro detalle de asombro se añadía a la historia de su vida.

Como aquel otro episodio —inspirador de un cuento de Eduardo Galeano— en el que un criminal de guerra dirigió con toda calma el pelotón de fusilamiento. O la de aquel viejo en el central Australia, con un pedazo de rostro envuelto por una venda, que rumiaba maldiciones contra los mercenarios en plena noche sin importar el disparo de un francotirador. O el del capitán Octavio Toranzo, cuya vida y valor sin espavientos sirvió para escribir el cuento La Noche del Capitán.

Muchas piedras y flores han pasado por la vida de Heras León. Muchas habría que mencionar.

Muchas vidas también ha tenido el Chino. Nunca imaginó, por ejemplo, que su habilidad para contar en un segundo todas las fichas al final de un juego de dominó, allá en la cuartería de su infancia, lo llevaría a convertirse en artillero y en el mejor graduado del país en un curso de morteros. O de su oficio de periodista y también de profesor en la Escuela de Periodismo cuando era solo un estudiante.

El Chino Heras —que acaba de cumplir 70 años— será recordado por esos cuentos maravillosos, que renovaron la narrativa cubana junto con los de otros autores de su momento. Sin embargo, también se le mencionará por esa persistente labor de formar a los jóvenes escritores cubanos. Pocos saben que su primera vocación —aunque no el primero de sus oficios— fue la de maestro. Y el Curso de Técnicas Narrativas creado por él es un resultado de esa inclinación por el magisterio.

Algunas personas opinan que el Taller estimula el protagonismo de las técnicas de la ficción por encima de la búsqueda y desbordamiento de la poesía del creador. No es justo el criterio, cuando la primera condición que el Chino exige a sus alumnos es que las reglas están para ser olvidadas y que ellas no son el fin sino un instrumento más para escribir una buena cuartilla.

En varias ocasiones Eduardo Heras ha dicho que no se arrepiente de haber dejado de escribir varios libros por enseñar a los jóvenes con vocación de narradores. Solo que sus alumnos también le seguirán pidiendo —al igual que su esposa Ivonne Galeano— que siga escribiendo o que acabe de publicar esos cuentos que tiene escondidos, que hablan de la Cuba de hoy y que despiertan lágrimas y aplausos cuando él los lee en una reunión privada. O que acabe de mostrar esa novela que tiene escondida, la de su deuda personal. Unos cuantos lo seguirán agradeciendo y eso será para siempre, Chino.

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