¡Oh, qué pena!

Autor:

Hugo Rius

Ella cruzaba la calle, deslumbrante en su juvenil gracilidad y atributos físicos, y los caballeros que por azar deambulábamos por la acera aguardábamos que se aproximara, fascinados ante su inminente cercanía, y uno que otro reservaba secretamente un desempolvado piropo galante. De pronto abrió la boca, evocadora de otras, de las musas inspiradoras de nuestros trovadores tradicionales, pero, a diferencia de aquellos venerables autores, el desencanto cundió en el espacio tan pronto como fue surcado por un disparo de ranas y culebras verbales, que imaginé escapadas de alguna charca. Alguien del grupo de frustrados admiradores resumió el resentimiento general en una exclamación perentoria: ¡oh, qué pena!

Su acompañante, con quien compartía desmedidas gestualidades, le respondió entonces, con un desenfado espantador, mediante una exclusiva referencia anatómica masculina que repetía de tramo en tramo de la «conversación», como si fuera la única expresión enfática que había acopiado en su por evidencia breve enciclopedia dialogante, poblada acaso de dominantes vulgaridades con las que exhibir una apropiada credencial callejera, hasta en hogares y a la salida de escuelas, que nadie le ha reclamado. ¿O sí?

Prestigiosos lingüistas y profesores han coincidido en advertir que el idioma no es fruto de laboratorio, sino sustancial medida del devenir dinámico de su uso popular, que enriquece el habla legitimando nuevos términos y expresiones. Pero tales premisas desconocen la invasión empobrecedora de continuos exabruptos sin ton ni son que, de provocar espanto al inicio comienzan a digerirse como fluidos de la normalidad. Asusta suponer que a ese paso degradador terminemos intentando comunicarnos a través de inarticulados gruñidos guturales, sobre todo si consideramos la imbricación indisoluble de pensamiento y lenguaje.

En otro caso, una buena amiga llegó hace poco a una tienda para indagar sobre un producto, y la empleada, sentada de espaldas sin dejar de ocuparse de algún menester, a tanta insistencia le iba respondiendo a duras penas, de manera que la asombrada clienta experimentó la extraña sensación surrealista de dialogar con una cabellera y un torso, porque nunca pudo leer su rostro, que aunque suene cursi se dice que los ojos son el espejo del alma, sin más alternativa que librarse a la imaginación como sucede cuando se habla por teléfono con una persona desconocida y lejana.

Algo anda dislocado y requerido de ser enmendado con fuerza y consistencia entre todos los que solemos llamarnos «factores», para recuperar zonas de la adecuada conexión de persona a persona, con la consideración y el respeto mutuo requeridos, y su ausencia de ninguna manera tiene que atribuirse a las tensiones del diario bregar, cual fácil recurso de bolsillo para tolerar sin sonrojo que la mediocridad se imponga.

¡Oh, qué pena!, si dejamos destripar el idioma que constituye parte intrínseca de la identidad nacional, de nuestro basamento cultural, y más aún las buenas costumbres y la vocación de trato gentil que dejaron como sello otras generaciones que forjaron lo que hoy deberíamos ser.

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