Pillos

Autor:

Osviel Castro Medel

Mostró un carné y se abrió paso entre la multitud, caminando con dificultad, mientras casi todos los de la cola lo miraban con cierta compasión. Pero una vez que tuvo la «balita» de gas licuado en sus hombros, pareció olvidarse de la dolencia y emprendió veloz retirada, al tiempo que enseñaba algún diente al viento.

La bribonada de aquel hombre aconteció hace algunos años; entonces lucía fuera de lo común. Sin embargo, parece que el paso del tiempo y las agitaciones de la vida moderna han abierto determinados resquicios para que algunos pongan en boga, como el colado del principio, la filosofía de la ventaja y la picardía.

Hoy, en el afán de burlar una hilera humana o de acceder rápido a un servicio, se ha visto a más de una decir y fingir que está embarazada, para luego, hecha la gracia, reírse de los demás.

Y se ha observado lo insólito: algunos que llevaron ex profeso al pequeño a una compra, como si fuera un tique con un número prioritario en la inocente mejilla. O algo peor: alguien que en medio de la muchedumbre, para evadir la fila, llegó a preguntar a un conocido: ¿Me prestas el niño? Y, en el colmo, ¡se lo prestaron!

Aquello de la sociedad «más solidaria y justa» no es un cuento de caminos. En Cuba quienes la naturaleza o el azar cercenó, o los que andan con necesidades perentorias a cuestas tienen la merecida prioridad. Y eso es bello y plausible.

La prerrogativa se empaña y extravía cuando ciertos individuos se burlan con toda intención de sus circundantes; o cuando se exponen limitaciones y urgencias solo para realizar lo trabajoso y no para los placeres y delicias de la vida.

Hay, incluso, quienes lucharon un carné o un documento tan «sangreado» como una dieta pensando, a priori, en la prebenda.

Lo cierto es que no existen fórmulas institucionales para atajar a los que llevan latente la psicología del hombre del principio de estas líneas. Deberíamos, en todo tiempo, seguir apostando por la sinceridad de los seres humanos. No hay otro remedio.

Pero también es deber denunciar la pillería, la cual tiene muchas otras formas dañinas, que no están ligadas solo a colas sino también a asuntos más trascendentales de la existencia y que pueden poner en peligro los sueños de una colectividad.

En todo caso, aquel de la «balita», si bien ganó un turno prioritario, también consiguió la desconfianza y el rechazo de algunos de sus semejantes, quienes a esta hora deben estar diciendo todavía aquella frase popular: «El pícaro y el villano la pagan tarde o temprano».

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