El ladrón de semáforos

Autor:

Julio Martínez Molina

Me sentiría más en mi ambiente si hablara aquí de la película El ladrón de orquídeas, pero ya en Cuba no hay muchas, salvo en Soroa o en el jardín de Diorge (joven cienfueguero que tiene más de 65 especies sembradas), y por otra parte, de los que voy a  hablar aquí no tienen aficiones botánicas.

Entonces quiero ventilar, mediante el necesario aire de la prensa, esa que recoge tanto las endechas de las épocas como sus sonrisas, una nueva modalidad aparecida en el entramado vial: el ladrón de semáforos.

Si bien no son exactamente desconocidos para quien desanda las calles sobre ruedas, sí prodigan su imprudencia con mucha mayor fuerza durante los últimos tiempos.

Los hurtadores de luz conducen, por lo general, bicicletas. En menor medida manejan también motos de paseo o algún vehículo ligero, pero sobre todo circulan en ciclos.

Su modus operandi resulta tan sencillo como incomprensible e irresponsable: llegan a la intersección semaforizada, en plena iridiscencia roja, y al no disponer de la más mínima paciencia para canjear 30 segundos por los casi 80 años a que se remonta el promedio de vida aquí, echan la correspondiente ojeada a diestra y siniestra —en busca del probable agente de Tránsito— y si no…, pa’lante con to’.

Les da igual el vehículo que pueda impactarlos. No les importan normas de tráfico, ni los niños o adolescentes que quizá los observen y luego reproduzcan la incorrecta actitud, por falta de madurez o debido a esa tentación de clonar a veces actitudes repudiables.

El semáforo es, por donde quiera que se le mire, un espacio interesante de la vida cotidiana mundial. Nadie descarta su función primaria de regular la circulación, pero también tiene su ángulo ontológico.

Remite por inducción a los frenos, topes y límites del ser humano. Debió haberlo inventado Marx, Thoreau o Ghandi, porque encierra en su trilogía lumínica los conceptos de igualdad, recogimiento y calma. Burlarlo es burlarse a uno mismo y a los demás.

Dicen que en Sinaloa, cuando a un chofer le pitan detrás porque ponen la verde, este se baja y le pega un tiro a quien le sopló el tubo de escape con el claxon. Dicen…

Ante dicho pitazo, en Cuba conviven el que no dice nada —porque se quedó dormido pensando en las musarañas—, con aquel que sabe que el de la retaguardia está ebrio de arrogancia y protagoniza un atentado a la armonía decibélica, y entonces solo atina a mostrarle la más elocuente erección del dedo del medio por la ventanilla.

En los de cualquier ciudad latinoamericana, la persona al volante puede perder la cadena, con el pescuezo incluido.

También suponen uno de los mejores lugares para «ligar» en barrios tipo Venice, zona rica de Los Ángeles, donde en el pare de los tres colores (nada que ver con la trilogía de Kieslowski), la nena regala asentimientos visuales luego de otear el modelo de auto y el modelo de dueño.

Hay semáforos surrealistas. Cienfuegos, primera ciudad de América Latina fundada por franceses en pleno coloniaje español, cuenta con uno. Se trata del situado en su Circunvalación.

Cierto amanecer lo sorprendió cambiado. Al aparato y a todos los choferes, tripulantes o peatones. Ahora la amarilla intermitente de «chófer, sigue adelante» le da preferencia a quienes van de una punta a otra de la arteria, al contrario de lo que ocurría antes, y que se había entronizado en la percepción popular por la fuerza de la costumbre.

En dicho cruce son apreciables a diario gentes desorientadas. Cuando el equipo funciona, importa menos el cambio, pero cuando no está encendido, el extravío es superrealista.

A este semáforo le robaron su identidad, hurto casi tan peligroso como el de esos sujetos apurados a los que me referí antes, que se arrogan el derecho de socavar el respeto al crucial dispositivo del tránsito.

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