Malabares prioritarios

Autor:

Nyliam Vázquez García

Aunque parecía ocupado en otros asuntos, Washington siguió muy de cerca las recientes elecciones parlamentarias en Kirguistán. La pequeña ex república soviética es absolutamente estratégica en la región, y para el imperio un poco más, porque allí tienen un importante enclave militar —arrendado por más de 60 millones de dólares— desde donde parten buena cantidad de los suministros con los que mantienen la guerra y la ocupación en el vecino Afganistán.

Kirguistán fue a las urnas luego de una reforma constitucional con el intento de potenciar una democracia parlamentaria, pero en medio de una tensa calma como consecuencia de supuestos brotes de violencia étnica.

Al parecer EE.UU. tenía razones extras para estar «preocupado» con lo que ocurriera como resultado de la votación, y no exactamente por la cantidad de muertes causadas por los enfrentamientos entre la mayoría kirguís y la minoría uzbeka, tal vez azuzados desde el exterior o por la grave situación económica que enfrenta esa nación. El partido de oposición nacionalista Ata-Jurt, ganador por leve margen de las elecciones legislativas, amenazó con cerrar la  crucial base estadounidense de Manas en ese territorio.

«Vamos a discutir en el Parlamento la cuestión del retiro de la base militar estadounidense», declaró a AFP Akhmatbek Keldibekov, número dos de ese partido. Y aunque esta organización deberá gobernar en coalición, en vistas de que obtuvo 28 de los 120 escaños, tiene este tema en su agenda, para pesar de Washington.

Seguramente ya los asesores del Pentágono estarán preparando los nuevos malabares para quedarse allí. Como quiera, ya tienen experiencia. Ante una posibilidad similar hace poco más de un año y en medio del punto más álgido de la crisis económica mundial, la Casa Blanca aceptó el aumento del precio de arrendamiento del territorio de 20 a 67 millones, propuesto por el ejecutivo kirguís como condición para mantener la base. Pero claro, desde allí parten muchos de los aviones que bombardean Afganistán y Paquistán, y la guerra, un negocio absolutamente rentable para el complejo militar industrial estadounidense, es lo primero. Bueno, y lo segundo y lo tercero…

En la búsqueda de una solución definitiva para poner fin a la inestabilidad política, tal vez Kirguistán estaba decidiendo mucho más. No por gusto los ojos de no pocos estaban puestos allí. Demasiados intereses en juego para que solo se trate del destino de los habitantes de esa empobrecida nación, cuya ubicación geográfica, y el haberse convertido en una de las más importantes rutas de la droga proveniente de Afganistán, le añaden pimienta al panorama.

Para muchos afuera pesa el hecho de que los conflictos internos puedan escapar de control del frágil ejecutivo, y que el caos sea aprovechado por militantes islamistas para hallar refugio. Asimismo, cualquier situación de ingobernabilidad podría catalizar el ascenso y entronización de las mafias de la droga.

En cualquier caso, nunca los más perjudicados serían quienes intentan defender sus intereses estratégicos a toda costa. Para ellos no cuentan esos seres humanos que pusieron sus esperanzas en las boletas llevadas a las urnas, que no quieren más muertos en sus familias, tener que marcharse de sus casas por puro miedo al horror de la intolerancia o simplemente intentan olvidar. Lo triste es que, incluso de esas dramáticas situaciones, hay  quienes sacan jugosas lascas.

Habrá que esperar por los nuevos y arriesgados malabares, si se confirma el debate parlamentario en torno a una eventual retirada de la base aérea de Manas. Por muchos asuntos que haya pendientes, este, sin dudas, será prioridad.

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