Daguerrotristes

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Siempre me ha inquietado el misterio sepia de aquellos daguerrotipos que iniciaron la era de la fotografía en 1839, en Francia. Desde esos solitarios retratos de plata, ejemplares únicos, nos observan seres como espectros que, por primera vez en la historia de la Humanidad, obtenían la reproducción exacta y duradera de su imagen.

Dicen que fue una revolución cultural lo del daguerrotipo. El deslumbramiento fue tal, que Eugene Delacroix llegó al paroxismo de sentenciar: «A partir de ahora la pintura ha muerto». Ironías: los óleos del gran pincel romántico le desmienten aún en museos y galerías, mientras muchos de aquellos retratos de vagabundos del olvido se popularizaron con los años, y hoy duermen sueños de naftalina, en cajones y gavetas familiares.

Pero en los furores de su nacimiento, el daguerrotipo fue el destape de la imagen del aquí y el ahora cristalizada para el porvenir. El antecedente de la gran parafernalia visual de la modernidad, que se obstina cada vez más en desplazar a la inconmovible palabra.

La nota más recurrente y curiosa de aquellos daguerrotipos y posteriores derivados de la fotografía decimonónica, es la tristeza enigmática que supuran los ojos de los retratados. Pareciera que entonces, someterse a la reproducción de uno mismo era un acontecimiento solemne, una introspección profunda para dejar la huella visual a la posteridad. Algo incomprensible para quienes hoy viven a toda hora clonándose en imágenes promiscuas al paso.

Uno de los daguerrotipos más estremecedores es el que, a regañadientes, se dejó hacer el gran libertador de Sudamérica José de San Martín, en su exilio en París en 1848, dos años antes de morir. Anciano y desgarrado, mientras la argentina patria que fundó con sus hazañas bélicas se oscurecía ya en mezquindades fratricidas, el General obviaba la cámara y ladeaba la vista hacia un lado incierto del futuro.

Ese mismo año, el lunático Edgar Allan Poe nos dejaba el tormento acuoso de sus ojos fustigados por delirios, como los cuervos del nunca más que empozaron su desolación eterna. En otro daguerrotipo que anda ahora galopando por el ciberespacio, la atormentada poetisa estadounidense Emily Dickinson me mira con el desenfreno de las feministas de hoy, impaciente porque sus versos no se revelarían hasta después de su muerte, en 1886.

Monarcas, almirantes, nobles… parecen decirnos desde el pasado que la vida es un desgaste estéril de unas ambiciones tras otras. En aquellos primeros estudios fotográficos, los sujetaban con soportes por detrás del cuerpo en el tiempo que duraba la exposición a los artilugios de la luz sobre la placa metálica de la caja negra. Inmovilizados, y no en la alegría.

Pero nada impresiona más que aquellos daguerrotipos post mortem. La última imagen del finado para la colección familiar y la moda morbosa que alimentó tanto negocio. La galería más estremecedora es la de los niños fugaces, ataviados con sus mejores ropitas y maquillados. Les abrían los ojos, los sentaban en una silla sujetos con correas, en una grotesca parodia de vida.

Daguerre, quien sobrevivió a su compatriota Niepce y le robó toda la gloria de los hallazgos científicos sobre ese milagro de la luz como reproductora de imágenes, tenía la habilidad para lo que hoy llaman mercadotecnia. El daguerrotipo desató el hedonismo y abrió el negocio de lo visual… Luego vendrían Kodak, Polaroid al instante, la imagen fluyendo en la pantalla de cine, la televisión, el kinescopio, el video, el DVD y hasta cuantos «dí» llegaremos. Ahora vivimos de y entre imágenes. Para los espectros que nos escrutan desde un daguerrotipo sepia, los alardes de perpetuarse visualmente eran únicos, irrepetibles. Se les iba la vida en esos segundos. Quizá por eso nos miran como si partieran. Tristes.

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