Conocernos en nombre del amor - Opinión

Conocernos en nombre del amor

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Conocí a una muchacha enferma de VIH/sida. El reloj determina cada paso y acción suyos porque los horarios no pueden quebrantarse ya, y muchas amistades se han perdido en el mapa, al parecer, buscando su dirección. No obstante, no deja de sonreír. Lamentablemente, carga el peso de una infidelidad cual cruz gigante de hierro, pero todavía sueña con subir el Pico Turquino y bailar toda la noche con un enamorado.

«Aún soy mujer, tengo deseos por cumplir y piropos que inspirar en la calle. No puedo dejar que algunos pocos cambien eso cuando conocen de mi realidad», me dice. La admiro porque creo, entre otras cosas, que enfrentaría el peor momento con una serenidad inigualable.

Y pienso en ella, cuando en todas las latitudes se celebró el Día de la Lucha contra el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (sida), incluyendo a nuestro país, que ostenta la tasa de prevalencia de esa enfermedad más baja del Caribe, gracias a la labor preventiva constante que desarrollan diferentes instituciones.

También aquí miles de personas han padecido las consecuencias de este mal, entre las cuales se cuentan la pérdida de peso, el sistema inmune deprimido, complicaciones médicas, depresión y rechazo.

Rechazo, sí, de otros miles de personas que aparentemente están sanos. Es difícil asumir, en determinados momentos de nuestras vidas, hechos que nos trastocan el cómo, el cuándo y el por qué. Pero más difícil es lidiar cada día con miradas oscuras, saludos distantes o murmullos hirientes…

Ello, pese a que la información relacionada con el VIH/sida y sus riesgos ha sido ampliamente difundida y la promoción de salud no cesa para evitar un creciente número de contagios e incomprensiones. Pero falta, aún falta más para darle fuerzas a quienes ya las sufren.

Por eso pienso en esa muchacha y en otros. Pienso, por ejemplo, en el joven que conocí hace poco quien, según me confesó, se enamoró de otro. Cuando en el típico intercambio de información, propiciado por el roce, supo que aquel estaba enfermo, ya ni eso podía cambiar la intensidad de los latidos de su corazón. Es un amor distinto, lo sabe. Conlleva dosis extras de responsabilidad, comprensión y entrega. Pero es amor y para ambos basta.

Entonces se aspira, en nombre de ese amor, y de tantos otros que se pierden o se encuentran por el mundo, a conocer a muchos más que, sin descuidar su estado de salud, sin violentar el límite ético de no perjudicar a otros, aprendan a congeniar la dureza de la enfermedad con la que propone el día a día.

Se añora que otros muchos los ayuden siempre, sin condiciones, porque hay situaciones que exigen más que pastillas, sueros y cuidados médicos: un corazón rebosante de vida, capaz de sobreponerse a todo, y otros corazones sensibles para alentarlo. Y hoy es un buen día para que todos busquemos esa manera de conocernos.

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