Inolvidables

Autor:

Hugo Rius

Tantos otoños me han batido y sin embargo su imagen permanece vívida, nítida y omnipresente, como la de aquella mañana lloviznosa cuando me llevaron al aula de la escuela pública de mi barriada y toda la grey infantil que se iniciaba en la primaria latía expectante ante la maestra que nos acogía, y a la cual contemplábamos envuelta en una aureola que el tiempo nunca pudo disipar.

Era una maestra joven que nos conquistó pronto, desde la mágica y crucial jornada inaugural, en la que se gana o no los corazones, y en el día tras días instalando metódica y consistentemente los elementales pero decisivos pilares del conocimiento que luego se irán acrecentando y profundizando, y que sin ellos se arrastrarán después lagunas que superar a destiempo y con dificultad. Así ella supo alentar, motivando y enamorando, la curiosidad, el interés y hasta el amor por apropiarnos de las informaciones indispensables para disponer de una firme instrucción escolar.

Creo que todavía guardo en la memoria su imagen física, la gestualidad atemperada, el timbre de una voz proyectada sin el menor asomo de alarido descompuesto, la correcta pronunciación, y hasta en la memoria olfativa una suave fragancia de limpieza, la sobria indumentaria armada con unas escasas mudas de ropas, porque por entonces las educadoras recibían poco salario, y porque sobre todo nuestras miradas no se centraban en las banalidades de las modas y los afeites espectaculares, sino en la fuerza de una personalidad en su conjunto, que guiaba nuestros pasos.

Lo cierto es que con muchos amigos, y conocidos con los que de vez en cuando me libro a semejantes ejercicios retroactivos, experimento la sensación de que comparten un especial y muy cálido reconocimiento hacia esos seres que marcaron sus vidas dejándoles huellas inextinguibles. Los nombres de ellas y ellos afloran enseguida, junto con el recuerdo de episodios en los que nos premió unas veces, y otras, con oportuna exigencia, nos requirió y puso a resguardo de agazapados senderos erráticos. Las palabras no alcanzan para agradecerles, aunque con harta frecuencia, con nuestro propio andar a cuestas, ya jubilados, no les dimos una vuelta por la casa o una llamadita. Y sin embargo, cada vez que alcanzamos un peldaño exitoso, ellas y ellos expresan orgullo por lo que en realidad el mérito les pertenece en sumo grado.

En esta recóndita disposición a sembrar y ver los frutos a mediano y largo plazo tal vez radique la piedra filosofal del magisterio, su toque creador y creativo, su vocación forjadora, garantía de la marcha bien enrumbada de la sociedad. Y por eso siempre será poco lo que se diga y se haga por exaltar el papel esencial de los educadores y mejorar sus condiciones, y ni menos para la formación depurada e integral de los jóvenes maestros, donde radica la clave para que también lleguen a ser capaces de dejar las huellas imborrables de otras generaciones de maestras y maestros que, desde las aulas, conquistaron la categoría de inolvidables.

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