Seguir al encuentro con la justicia

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Si la relevancia de un asunto se mide por las oportunidades en que se menciona en instancias políticas o gubernamentales, entonces la de este no es de despreciar. Pero si se agregan las ocasiones en que salta en muy diversos espacios sociales, entonces se eleva su connotación.

Al intercambiar con los diputados en las recientes sesiones del Parlamento, el vicepresidente del Consejo de Ministros Marino Murillo, enfatizó en la importancia de la participación de los trabajadores: «en su papel como dueños dentro de las funciones empresariales».

Aunque Murillo dejó abierta la pertinencia o no de situar este tema como un lineamiento particular entre los políticos, económicos y sociales del Partido y la Revolución ahora en debate, subrayó «que es verdad que es una fuerza que es muy importante que actúe como dueña», y adelantó que se comenzó a experimentar con nuevas formas de gestión de la propiedad social.

Curiosamente, a menos de una semana de esos pronunciamientos —en un encuentro entre la prensa y la dirigencia de la Contraloría General de la República— Gladys Bejerano, al frente de esa instancia, abordó también, desde su perspectiva, la significación de promover una mayor participación de los trabajadores, y la urgencia de acabar con los formalismos que distorsionan la rendición de cuentas de las administraciones a los colectivos obreros.

La manifestación de estas y otras preocupaciones son la evidencia de que el ansia reivindicadora determinante del socialismo: convertir a los obreros en dueños —propietarios asumidos de los bienes públicos— se ha tornado, por diversas razones, en uno de los misterios teóricos y prácticos menos comprendidos hasta hoy en el modelo de emancipación humana que hemos abrazado.

Y el final feliz de las ideas socialistas, demanda que, gracias a su mejor interpretación, avancemos hacia formas más acertadamente inclusivas. Claro que un desafío tan celestial está sujeto a un complejo tejido de contratiempos y aventuras, en un sistema todavía naciente como alternativa frente al capitalismo.

Hay que explorar entre las tupidas selvas que impidieron a los obreros sentirse verdaderos dueños colectivos, y evitar los procesos de enajenación a los que condujo no pocas veces la propiedad estatal.

Los síntomas de su escalamiento en el modelo económico prevaleciente hasta hoy en la economía cubana, se palpan en algunos sectores, entre los que se escucha, en ocasiones, la filosofía de que «robar al Estado no es robar», pese a las justas políticas redistributivas de nuestro Estado.

Ello evidencia que uno de los desafíos esenciales del proceso de actualización económica en la Isla debe apuntar a la corrección de esa delicada fractura entre los individuos, los colectivos y el Estado, fuera de toda lógica en el ideal y las concepciones socialistas.

Los estudiosos hacen énfasis en la confusión ocurrida entre propiedad estatal y propiedad social. También en la urgencia de avanzar hacia formas de control y participación obrera que contribuyan a cimentar experiencias de organización empresarial cada vez más socializadas. En las mismas, apuntan, las formas de retribución del trabajo deberían depender menos de la condición de asalariados; algo que, afirman, reproduce las maneras capitalistas de enajenación.

En la economía revolucionaria cubana lo más cercano a esos presupuestos está en las empresas en perfeccionamiento, pese a las distorsiones vividas por ese modelo de gestión, nacido primero en el mundo empresarial de las Fuerzas Armadas y luego extendidas por sus resultados a la vida civil.

Se adecuan a sus presupuestos además, las formas cooperativas, que antes de la propuesta de actualización solo se aceptaban legalmente en la rama agrícola, y que en el Proyecto de Lineamientos económicos y sociales del Partido y la Revolución se propone expandir a otras esferas, incluyendo la posibilidad de que sean abiertas de segundo grado.

Lo esencial es que ningún obrero llegue al final de sus días sintiéndose ajeno a los derroteros de su paso por el mundo del trabajo. Que sigamos saliendo amistosamente —como pidió José Martí en honor de los mártires de Chicago— al encuentro de la justicia, para que la justicia no se desplome sobre nosotros.

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