Viga en París, viga en Berlín…

Autor:

Luis Luque Álvarez

Si el dueño cuida la casa para que el ladrón no entre, está en su derecho; pero si pasa el pestillo para no dejar entrar a otros convivientes, actúa con una «amable violencia» sobre los derechos de los demás.

Así ocurre con Francia y Alemania, que no son «dueños» de la Unión Europea, pero que sí amenazan con «pasar el pestillo» cuando, a la madrugada, lleguen Bulgaria y Rumania. Sí, pues estos dos últimos países, miembros de la UE desde 2007, pensaban que se les aplicarían desde marzo de 2011 las ventajas del Tratado de Schengen, pero París y Berlín se han opuesto a ello por lo que consideran la «falta de resultados» de Sofía y Bucarest en la lucha contra la corrupción y el crimen organizado.

El Tratado de Schengen estipula la libre circulación de personas a través de las fronteras interiores del bloque comunitario, carentes de controles en este sentido. De los miembros de la UE, solo en Gran Bretaña, en Irlanda (estos dos por voluntad expresa), en Chipre, y por supuesto, en Rumania y Bulgaria, no se aplica ese libre tránsito, mientras que otros países europeos que no pertenecen a la UE —Noruega, Islandia, Suiza y Liechtenstein— sí son firmantes del Tratado y sus ciudadanos pueden ir de un lugar a otro de la Europa comunitaria sin que se les exija una visa.

Lo planificado era que Sofía y Bucarest vieran también cómo desaparecían las barreras para sus ciudadanos en 2011. Por lo que el NO franco-alemán levanta las iras de quienes entienden que en ese club de 27 países «iguales», unos son «más iguales» que otros. El presidente rumano, Traian Basescu, describió en diciembre la medida como un «acto de discriminación» contra su país, que no estaba preparado para una postergación de la aplicación de Schengen.

Es que son tiempos malos, señor Basescu. Algunos en esa Europa que, salvo excepciones, tiene en 2011 el vaticinio de un respiro económico, no desean que una potencial riada desde el este les compliquen más las cosas.

Sí, posiblemente sea el tema económico —más que los «débiles avances en la lucha contra la corrupción y el crimen»— lo que esté pesando. Los más «euroantiguos» lo temieron en el pasado, cuando cruzaban los dedos ante una eventual invasión de «plomeros polacos». Pero Polonia (miembro desde 2004) no se vació hacia el oeste, y allá a donde fueron sus ciudadanos altamente calificados, pagaron impuestos, contribuyeron a crear riqueza, y regresaron a casa cuando la crisis en los países de acogida lo aconsejó. ¿Habría que temer, pues, una avalancha rumano-búlgara?

Pero volvamos al tema del crimen organizado. Parece que la Europa de Schengen es un coto blindado a prueba de golpes misilísticos, cuando se insiste en que Sofía y Bucarest no han hecho la tarea. Sin embargo, solo una ojeadita a lo que sucede dentro de las fronteras exteriores, da para imaginar el tamaño de la viga en el ojo de Berlín y París, porque ¿acaso Italia, uno de los seis fundadores de la UE, no es parte de Schengen, aunque las organizaciones mafiosas son allí verdaderas empresas del asesinato y la extorsión, capaces de facturar 90 000 millones de euros anuales?

Que en Nápoles no se recoja la basura porque la Camorra lo impide, o que le peguen un tiro a alguien en plena calle, pasa como «asuntos internos». Pero que, gracias a Schengen, los sicarios de la Ndrangetta calabresa tomen libremente un avión, se aparezcan en la ciudad alemana de Duisburgo y liquiden a seis personas en un restaurante; o que el mismísimo Bernardo Provenzano, entonces jefe de la Cosa Nostra siciliana, haya volado de incógnito a la francesa Marsella a operarse de la próstata, y le haya pasado la factura a su país de origen, que lo buscaba hacía 40 años, entra en lo risible cuando se quiere juzgar a otros.

¡Que tire la primera piedra quien no tenga su mafiosito en casa…!

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