Las cosas que vuelven

Autor:

Alina Perera Robbio

«La vida es un misterio», me dijo en estos días de predicciones y recuentos, acaso porque él siente lo imperdonable que sería demorar esas palabras, el amigo Guillermo Fernando López Junqué (Chinolope), fotógrafo de cuya intuición nació una de las más trascendentes iconografías de Cuba en el siglo XX.

A sus casi 80 años de existencia él ha vuelto a mí luego de dos décadas de habernos visto por última vez. Es un regalo fino, indescifrable, traído por las aguas de la nostalgia. En 20 años muchas cosas se me han ido —tantas se nos van—, pero el Chino es de los sortilegios que han regresado.

Por eso estuve hace poco en el mismo cuartico de Marianao que tanto visité cuando era adolescente y era llevada de la mano de mi novio universitario, allí donde Esperanza, la compañera del fotógrafo, convertía las palabras en criaturas vírgenes, en piezas puras.

Todavía ella lo hace, interrumpida a ratos por los arrestos verbales del Chino, solo que en un escenario cada vez más parecido a la bodega de un barco zozobrante, donde lo único intacto, aún a salvo, es la memoria de los dos inquilinos y el valor infinito de las fotografías celosamente guardadas, urgidas de un rescate súbito, que las salve de las aguas, pues ellas son prueba de instantes únicos de la nación.

El Chino tiene una imagen que su cámara tomó de manera automática. Atrapados quedaron él, José Lezama Lima y Julio Cortázar. Dice mi amigo que Lezama le dijo: «Apúrate y siéntate aquí, de lo contrario no van a creerte cuando cuentes de esta tarde». Y así es: historias cuenta el Chino, de seguro ciertas, que tal vez muchos no crean.

Pero yo creo en él, y me imagino al Che, a Haydée Santamaría, a grandes pintores y músicos nuestros, a seres extraordinarios y desconocidos, tiernos y peligrosos, a través de la palabra del Chino. Y le extiendo mi lamentación por no haber coincidido en tiempo y espacio con Lezama Lima —habría sido su amiga hasta el final, y su discípula—. Entonces recibo la ocurrencia piadosa del artista de la lente: «Estás unida a él a través de mi corazón…».

Juro que a veces siento como si mi amigo hablara iluminado por soplos que el gordo maestro le regala: «lo que cambia y se renueva, es lo que tiene necesidad». O: «tener fe requiere coraje, la capacidad de correr riesgo, la disposición de aceptar incluso el dolor y la desilusión. Quien insiste en la seguridad y la tranquilidad como condiciones primarias de la vida no puede tener fe».

El drama de Chinolope es entendible: «uno siente tristeza —me ha dicho— por no llevar una cámara inseparable con la cual tomar fotografías que ahora hablarían por sí solas». Es una maravilla este amigo, hijo de mulata y japonés peregrino, obsesionado por atrapar con su obturador al «no tiempo en el tiempo». Él, quien de niño no sabía leer y voceaba titulares de prensa que burlones callejeros le daban, pero que aprendió el alfabeto gracias a su abuela materna, la que lo paraba frente a una farmacia, por ejemplo, y le decía: «Ahí dice farmacia. Lea: efe con a…».

Como buena señal vuelve a mí este luchador. Y otras cosas, cual botellas benditas, recalan en la orilla de mi espíritu: el esposo de mi primera maestra, a quien he conocido hace poco más de un año por razones de trabajo, me ha traído una foto de hace tres décadas. Es la imagen de un grupo escolar desde el cual asoma una niña tímida y desaliñada, con los ojos a medio abrir y la pañoleta escolar mal puesta. Esa niña soy yo, atrapada en su temporada de primer enamoramiento sin correspondencia, rodeada de colegas cuyos nombres recuerdo en casi todos los casos con pasmosa nitidez.

Vuelven íconos y sentimientos. Y es cierto que estoy lista para catapultarme todo el tiempo hacia lo que será; pero también siento que debo estar presta a redescubrir seres y episodios donde anidaron tantas de mis ilusiones. Así crece el manojo de llaves con las cuales abrir portones de la memoria. Y crece el sentido mismo de la vida, suceso que mi amigo supo definir tan redondamente: misterio.

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