La aristocracia del barrio

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

El título es de Joan Manuel Serrat. Ese catalán, iluminado por la poesía, nos dice que de vez en cuando la vida nos besa en la boca y nos invita a salir a escena. También habla de ciertos sujetos, venidos a menos aunque ellos piensen que llegaron a más. Son personajes que en un momento compartieron nuestras vidas y sueños —esos juegos de pelota en la esquina y las novias de la adolescencia—, y hoy, por obra del dinero y la vanidad detallan al mundo desde las alturas de la arrogancia.

Es —como dice Serrat— «la aristocracia del barrio./ Lo mejor de cada casa (…) Tahúres, supersticiosos,/ charlatanes y orgullosos», que «por la hembra y el retaco/ deja hasta el tabaco». Eran los nuevos burgueses surgidos en la España después del franquismo; aunque idénticos por sus esencias a ciertos ricos existentes en todo el mundo: abundancia en la billetera y carencias en el alma.

Una atención a los versos de La aristocracia del barrio nos puede conducir también a quienes en nuestro entorno se creen pudientes. A diferencia de sus homólogos catalanes, estos no se pasean ni toman el sol por la rambla de Barcelona porque se pavonean en cuanto sitio puede reafirmarles el estatus. Más allá de modas y placeres, un vecino de barrio los descubre por su andar arrogante de nariz alzada y con el aquello de no mirar ni saludar a nadie, bendecidos —eso creen— por la «altura» que concede Don Dinero.

Algunos de ellos pertenecen a un sector, acrecentado con el período especial, que practica el enriquecimiento mal habido y sin visos de honestidad. Son personas para las cuales el trabajo es solo una apariencia, para no decir una contrariedad; y así representan un peligro para la Cuba deseada por sus hijos honestos, sobre todo para las generaciones más jóvenes, al convertirse en un referente de un supuesto éxito que se debe, entre otras causas, a la inversión de la pirámide social, por no constituir el salario la verdadera fuente creadora de motivaciones dentro de la población.

Es lógico —aunque nunca aceptable— que las realidades vividas en las últimas décadas implicaran la proliferación de una suerte de pillo, ante el cual se horrorizarían los pícaros del Siglo de Oro de la narrativa española. El Lazarillo de Tormes es un personaje con brillo e ingenio, hay que reírse de sus ocurrencias y reconocer que el muy truhán posee una ética surgida en los rigores de la supervivencia, pero ética que al final encierra una pureza quizá deseada por muchos.

En cambio el «aristócrata» criollo deja mucho que desear. La autosuficiencia es un defecto que anula otros dones, entre ellos el de la autenticidad. Dejan de ser ellos para convertirse en el personaje imaginado de una telenovela de colores rosados. Por ello, esa condena que podemos encontrar a nivel individual o de barrio —con todos los matices que hallamos en la realidad— constituye una muestra de las reservas éticas existentes en el país, como resultado de la obra de la Revolución.

Ese sentido de la honestidad y del ejemplo, del desapego a lo material y la inconformidad con quienes adoran el arribismo, es resultado de los principios inculcados en los últimos 50 años. Precisamente ese referente moral es uno de los logros a proteger con mayor fuerza.

Por eso, una de las mayores complejidades que hoy vive el país es conciliar el éxito económico con la verdadera ética del socialismo. Esa conciliación, en la práctica, con el apego real a la gente sencilla y honrada, se convertiría en una de las mejores curas contra esos burgueses de barrio, enriquecidos en buena medida por la ilegalidad y los dobleces de la moral, siempre dispuestos a cambiar el corazón por el ropero.

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