Malditas posesiones

Autor:

José Alejandro Rodríguez

El macilento caballo se resistía a avanzar. Y el carretonero, urgido por quién sabe qué ganancia de tiempo o dinero, la emprendió contra el animal a plan de machete, ante los ojos atónitos de los vecinos del barrio. Mientras más el animal se refrenaba, con mayor fuerza caía sobre él la rabia del amo, quien se sentía ridiculizado en su poderío sobre el cuadrúpedo. ¿Quién sería la verdadera bestia en ese instante, el que invirtió las escalas del reino animal en un barrio de La Habana?

Alguien —siempre hay un alma justiciera— le gritó:

—¡Abusadooor!

Con los ojos como brasas, el carretonero vociferó:

—¡El caballo es mío!... y le colgó una palabrota como badajo.

Entonces, recordé aquella alucinante rapsodia de la violencia ante los ojos de un niño, que sigue estremeciéndonos desde hace 145 años, en memorable pasaje de la novela Crimen y castigo, del gran ruso Fiodor M. Dostoievski:

El atormentado Raskolnikov sueña y se ve de niño junto al padre, en su aldea natal. Secundado por sus amiguetes de copas, Mikolka, un campesino ebrio, desata toda la furia sobre una yegua enfermiza que no puede halar el carretón donde se aglomeran. En una orgía de crueldades, sacian sus instintos sobre el renqueante animal hasta matarlo. La ordalía se describe desde las lágrimas del pequeño, que termina abrazado y besando a la ensangrentada criatura.

También Mikolka, cuando un tercero le grita canalla, responde: «¿Qué te importa? ¡El animal es mío y hago con él lo que me da la gana!».

Cierta vez, interpelé a uno de esos desalmados que somete su stanford a las brutales y lucrativas peleas de perros. Apelé al lado claro de su corazón cuando lo vi venir con el can magullado y sanguinolento. Y me contestó: «¿Quién es usted para decirme lo que puedo hacer con mi perro? Este es mi perro, no el suyo…».

Otro día, una mujer gruesa y desgreñada la emprendía a golpes con un muchachito de apenas siete años por el bulevar de la calle Obispo, en La Habana Vieja. Le daba con el puño por la cabeza. Él gritaba a todo pulmón, y los transeúntes se horrorizaban. Una anciana sacó la cara por el pequeño y la increpó:

—¡Chica, no seas tan cruel, que le estás dando en la cabeza y luego te vas a arrepentir!

—¡Oye, vieja, métete en lo que te importa! Ese es mi hijo, ¿me oíste?, le gritó la desgreñada.

Malditas posesiones, que merecen todas las expropiaciones del mundo. Hay que vengar las lágrimas del niño Raskolnikov.

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