Guerra a la algarabía

Autor:

Juan Morales Agüero

Hace unos pocos domingos atrás, en medio de una atiborrada cola en un mercado agropecuario, una mujer vociferó un «¡oyeeeeee, Julita, ven, que ya nos toca comprar…!», tan estridente y sostenido que casi nos pulveriza los tímpanos a quienes estábamos próximos a ella.

El alarido funcionó como una enorme caja de resonancia. Si las miradas mataran, la gritona hubiera caído fulminada en el acto. Ella olfateó la atmósfera de hostilidad a su alrededor, pero apenas se inmutó. Es más: creo que hasta lo apreció como un halago.

Todos hemos sido testigos de situaciones parecidas en la calle, la bodega, el edificio, la esquina… Asistimos al atropello de patrones de convivencia mundialmente aceptados. Los cromañones contemporáneos los pisotean con un ensañamiento digno de mejores causas.

Los especialistas consideran hoy el ruido como una modalidad agresiva de contaminación ambiental. Y con mucha razón, porque, ¿acaso no hay demasiada algarabía en nuestra cotidianidad? Tan pronto abandona uno la cama y gana la calle, la enfrenta en toda su crudeza. Ruidos de automóviles, personas, fábricas, radios… ¡de cuanta cosa hay!

Muchos son inevitables y debemos resignarnos a convivir con ellos, pues se trata del precio que pagamos por los imperativos de la modernidad. Pero otros son producto de la indolencia de quienes, sin pensar en el prójimo, los generan. A esos no debemos permitírselos.

Ejemplos hay por millares. Como ciertos bicitaxis citadinos. ¡Son verdaderas discotecas rodantes! Sus propietarios muestran propensión al horario de la madrugada para poner a todo volumen las grabadoras montadas a bordo. Es una desconsideración, principalmente con quienes necesitan dormir luego de cumplir su jornada laboral.

¿Y qué me dicen de los equipos de música con sus altoparlantes, puestos a máxima capacidad por sus dueños a toda hora y sin motivo justificado? No hay derecho, sencillamente. Un cumpleaños, una boda, una conmemoración pasan hasta la medianoche. Pero no tenemos por qué tolerarlo un domingo temprano cualquiera y sin motivo aparente.

El exceso de ruido en nuestro entorno deja más de una secuela, pues va más allá de la simple molestia o de la mera agresión. En lo fisiológico, afecta la capacidad auditiva, con su consecuente impacto en la calidad de vida del perjudicado. Y tiene también una zona sicológica: ¡cuánto irrita y descompensa a quienes lo sufren!

Según la Organización Mundial de la Salud, el oído humano está concebido para soportar, cuando más, 120 decibeles. ¡Y es esa la cifra que brama desde las bocinas de un equipo de música en su rango más elevado! La propia organización recomienda un entorno sonoro de 30 decibeles para que se pueda conciliar bien el sueño, y 50 para desempeñar bien una labor determinada en situaciones de vigilia.

En casi todos los países existen legislaciones para regular el ruido. Algunos de sus artículos llegan, incluso, hasta la prohibición de descargar los inodoros o de accionar las duchas a altas horas de la noche. No hay impunidad con los infractores.

En Cuba es hora ya de que desempolvemos las nuestras.

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