Fina

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Cumple hoy 88 años. A algunos la cifra se les antojará rítmica; a otros, sinónimo de espanto. Nada más lejos de la verdad —esto último— si nos aferramos a su «noble medida humana». No es menos cierto, sin embargo, que se trata de una edad tan sonora y respetable como remota para la generación a la que pertenezco. A esos, a los jóvenes de la hora actual, van dirigidas, en primerísimo lugar, estas líneas; como justo reclamo, como aldabonazo más que ofrenda.

Conviene apuntar, de inicio, que pocas como ella personifican la poesía y la ternura; que, enemiga de los elogios, de la vanidad y del oropel, tiene la dicha de ver correr los días sin sobresaltos, con modestia, inundada entre tantos libros y recuerdos, contando sus ausencias, amasando el pasado y el presente, iluminando el porvenir.

No se piense que lo gastado que pueda percibirse en lo exterior, se corresponde, a la usanza del rejuego aritmético, con las fibras de su alma, ámbito envidiable donde late lo universal eterno y lo local irradiante, que es como decir Cuba en destellos infinitos.

Llena de júbilo saber que la mente inquieta de la jovencita que despuntaba en los cuarenta, después de tantos avatares, preserva la frescura y la lucidez en el alba de nuestro tiempo. Más aún que su religiosa estatura permanece erguida, como su fe en el hombre nuevo, en la prefiguración de la justicia y en la utilidad de la virtud.

En el minuto en que vivimos —no ya trascendental, que es lugar común— en nuestra circunstancia histórica concreta, se me hace cercana una voz que me devuelve el aliento. No puedo asegurar que sea la de Fina, pero sucumbo a la tentación de que así sea.

Algo místico ha de tener cuando recurrentemente aparece, para recordarme que su ejemplo es tabla de salvación, y su serena existencia, esperanza. Tal vez, quienes no renunciemos a ella, por saberla encarnación de la bondad y la decencia, estaremos un poco mejor armados para (sobre) vivir en una era donde parece que los hombres olvidan los límites.

A la sombra estuvieron alguna vez este generoso saber y su cabal mitad martiana, que se llama Cintio Vitier. Entonces los salvó el amor, como me dijo alguien. Ahora su acendrada cubanía, que se sustenta en la más pura vocación de servir, los librará del olvido.

Léanse sus libros, no solo la poesía, sino la prosa. Más allá de rendirse ante la intensidad de un estilo castizo, metafórico y original, hallaremos, junto al testimonio de tan vasta erudición, luces en el camino.

Bajo el impulso tutelar del Apóstol, se hace sentir, aun físicamente, en la casona de Calzada, escenario de angustias intelectuales, partos y desafíos. La discreción ha sido para ella, más que vocación, sacerdocio, actitud consciente en nuestro devenir. Por eso hoy le ofrezco disculpas. Bien sé que le mortifican las loas, como mismo le inquieta que traspasen el hilo que ella y el tiempo han elevado a categoría de muralla infranqueable.

Quisiera tener la sensibilidad del poeta para moldear en forma de verso mi admiración legendaria. Si fuera arquitecto, armaría en un santiamén el boceto de una catedral, en honor suyo, y mandaría a cubrir, sin exceso, las paredes con sus textos, cual retablo de maravillas. Ojalá tuviera la savia de los suyos, para afinar las cuerdas interiores de mi pecho, componer e interpretarle el tema de mi vida.

No me animan las quimeras. En todo caso, solo me queda reiterarle, Fina García-Marruz, que en mi Olimpo sagrado, donde palpitan las intocables voces femeninas, tiene usted, musa silenciosa, desde hace tiempo su lugar, junto a Carilda y Dulce María.

Y hoy que cumple 88 años… su callado transitar no debe, no puede opacar la resonancia cálida que su sola imagen me provoca.

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