Cuando se desvanece la intuición

Autor:

Nelson García Santos

Bendita la tecnología que, gracias a Internet, esa inabarcable enciclopedia de sabiduría, frivolidades y también de algunas tonterías, nos permite acceder en segundos a innumerables fuentes, para conocer o confirmar sobre cualquier aspecto en el dominio del saber, desde averiguar cómo está el precio del aguacate en el mercado internacional hasta el último descubrimiento de la ciencia.

En la red se desnuda a diario el mundo, en tanto ante nuestros ojos asombrados transitan los desastres naturales, la represión, la hambruna, la opulencia, los cohetes y las bombas lanzados sin escrúpulos sobre ciudades.

También desfila la manipulación de la verdad como esencia vital de la guerra mediática, utilizada como ablandamiento de la opinión pública mundial a modo de preámbulo del zarpazo contra todos aquellos que osen discrepar del poder global que lidera Estados Unidos.

Pero Internet, bien aprovechada, facilita el desarrollo, y constituye una vía de intercambio personal de amplísimas posibilidades en las redes sociales, que con el tiempo se han convertido, junto a los blogs o páginas personales, en una armazón de opiniones alternativas que ni los poderosos pueden desconocer.

También prolifera, en ese ambiente, un modo de hacer que, en vez de incentivar el ingenio, lo cercena, al asumirla como mero instrumento para tomar ideas ajenas y exponerlas como propias, que llega al extremo de influir en la manera de escribir y enfocar disímiles temáticas, o más bien lograr «remiendos» con lo atrapado aquí o allá.

Aunque puedan salir textos aceptables, incluso hasta llamativos, el lector perspicaz advierte, sin mucho esfuerzo, que les falta el toque genuino de la creatividad, que se trata de un remake más, y sin ningún aporte.

La perjudicial manía termina embotando los sentidos, porque impide el desarrollo del intelecto al asumirse el acto de creación a partir de patrones ajenos preestablecidos. La habilidad y el desarrollo de la intuición para ver lo que a otros se les desvanece sin advertir el detalle trascendente, se mengua cuando la mente se pone más en función de transformar los textos, de podarlos aquí y allá, para que parezcan propios o, al menos, solo diferentes en parte en el modo de decir.

De ahí que la arista del enfoque novedoso en materiales moldeados de esa manera brilla por su ausencia, como consecuencia de esta práctica que se resume popularmente en la expresión de «corta y pega».

Los avezados en estos trajines utilizan el método, para armar sus obras, de colocar un material guía, después de una rigurosa selección de todo lo encontrado, para empezar a escribir, digo, a transfigurar a partir de ahí.

Cierto que con el tiempo pueden adquirir cierta habilidad en el oficio de adaptar, pero pierden en cambio la ejercitación del cerebro para encontrar por sí mismo una idea original o novedosa a partir, incluso, de la abundante bibliografía que le facilita Internet.

Irónicamente, en sí misma la expresión de «corta y pega», acuñada por la vox pópuli, bien leída y digerida, indica, con proverbial agudeza, que además de una simpleza se trata de un acto de desnaturalización.

Como si fuera poco, impide sentir ese placer que ocasiona hilvanar una obra genuina, nacida de un tirón o de volver una y otra vez sobre cada párrafo para amasarlo con pasión colosal.

 

 

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