Virtudes y fatalismos

Autor:

Hugo Rius

Antropólogos, historiadores, sociólogos, psicólogos sociales y escritores, entre otros expertos inmersos en las investigaciones, todavía no se han dado tregua en seguir ahondando en las claves esenciales del ser cubano. Porque para ello se requiere seriedad y rigor científico puesto que despejar las dimensiones de lo identitario nacional, una construcción tan compleja, transversal y dialéctica, necesariamente exige huir de los fáciles esquemas superficiales y los estereotipos baratos.

Ese valioso contingente de estudiosos contribuye en grado importante a imprimirle profundidad a la mirada sobre nosotros mismos; y a ir desdibujando de la conciencia cierta estampa trazada a lo largo del tiempo en que se nos condena fatalmente entre otros calificativos, a los de ruidosos, bullangueros, regados, indisciplinados, «trapicheros» y fiesteros por encima de todo lo demás, los de la eterna «pachanga» que se llega hasta aceptar con negativa ligereza y resignación. Y a los que nos quieren ver hundidos, a los que Martí llamó sietemesinos porque nunca creyeron en la fuerza de otros valores nacionales supremos y a los anexionistas de nueva hechura, les viene como anillo al dedo.

Aceptarlo sin ningún juicio crítico como si fueran verdades eternas y petrificadas, carentes de contextos, significaría caer en una peligrosa trampa, toda vez que solo serviría para dar legitimidad al desorden, la impunidad, y la agresión ciudadana, si además se les cubre irresponsablemente con la justificación de que «irremediablemente los cubanos somos así». Entonces qué quedará a las autoridades de la justicia, el orden público y la administración, sino seguir la corriente, cruzarse de brazos y dar la espalda ante las faltas e infracciones visibles, mientras se debilita el equilibrio del país.

De la memoria histórica me viene aquella frase demagógica que etiquetó un político tan hábil y tramposo como el que fuera presidente, Grau San Martín, de que «la cubanidad es amor», que en el fondo alentaba a la filosofeja cínica de hacer y dejar hacer, y que se ajustaba a la medida de la república corrupta diseñada por la intervención y a la violencia gansteril de aquella época, que nada tenía que ver con el sentimiento proclamado en la frase.

En verdad, y por suerte, la identidad se ha nutrido principalmente de otros contextos y experiencias históricos mucho más significativos, atravesados por legados éticos de paradigmas como Varela, Céspedes, Agramonte, Martí y Maceo, y por la práctica revolucionaria más contemporánea y cercana en el tiempo. Todo lo que se alcanzó durante las dos guerras de independencia y en las transformaciones de las últimas cinco décadas fue gracias al despliegue generoso de las mejores virtudes de nuestro pueblo, rebasando muchas veces fronteras con banderas solidarias en alto.

Esas virtudes son las que tienen que prevalecer hoy, cuando por delante tenemos cruciales desafíos que enfrentar y vencer, porque en ellos nos va la sobrevivencia, el progreso, el bienestar, la equidad y la unidad de la nación martiana. Y sin que a la vez perdamos ni un ápice de la irreductible disposición del cubano a la alegría, el humor ingenioso, la imaginería creadora, y la amistad hospitalaria, desprendida, entre otros comportamientos identificadores.

Que nadie tome el rábano por las hojas, y mucho menos intente confundir esos valores con el irrespeto, la indolencia, la tolerancia y la complicidad ante el abuso, el timo, el engaño y el robo de recursos, como si fueran vicios fatalistas, que por el contrario requieren el firme enfrentamiento ciudadano y de los aparatos del orden sin morosidad ni tibieza.

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